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Martes, 5 de septiembre de 2017

Pobre Cataluña

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La intentona separatista catalana entra esta semana en la recta final. Meta y precipicio a la vez. La deriva cada vez más esperpéntica, cada vez más alejada del mínimo democrático exigible, ya ni siquiera hay debate sobre causas y menos sobre sus efectos, se irá haciendo por ello mismo cada vez más agresiva, amenazante e impositiva.

Se trata, simplemente, de imponer la independencia por la brava, da igual como ni con cuantos y sin pararse en mientes sobre sus consecuencias. Da igual. Van a hacerlo. Iban a hacerlo desde siempre y por ello ese mantra del "diálogo" con el que alguno aún sigue a la carraca se cae ante la evidencia tozuda de quienes tan solo buscan y han buscado la imposición de su delirio, la expropiación de la soberanía del conjunto del pueblo español y el robo de nuestro derecho de voto. En esto, encima, jaleados por una presunta ultra izquierda convertida en su cómplice cada vez mas descarado.

 

Los españoles hemos regresado del verano con la amargura del criminal atentado en Barcelona y la repulsiva utilización del mismo por los separatistas que no dudaron en despreciar a las víctimas con tal de insultarnos a todos. Y ese terrible preludio va a tener durante todo septiembre una continuidad cada vez más angustiosa y crispada. La tormenta ya está encima, solo truena ominosamente ahora, pero, nadie lo dude, caerá el rayo y luego golpeará con furia el pedrisco.

 

El secesionismo no se va a detener ante nada. No se detiene ante la ley, ni ante la Constitución que nos otorgó a todos la libertad y a ellos además la Autonomía y que todos votamos, ni ante los derechos de todos los españoles, ni los de los catalanes, ni ante su ruina, ni ante el precipicio ni ante la ruptura ya no solo de una Nación, así en un pis-pas, con una votación bananera en el Parlament y un referéndum "orgánico" donde ya ni importa el número de votos, sino de la propia sociedad catalana, ya fracturada, cada vez más enfrentada y amenazada por quienes pretenden imponerles, amen de la secesión, un especie de autarquía y un régimen totalitario como forma de gobierno.

 

Están dispuestos a todo. También a la violencia. La CUP, la punta de lanza, el extremismo más descarnado que lleva el "proces" del ramal, tiene muy claro que esa será la fórmula final, que serán las calles incendiadas, las plazas convertidas en la Maidán ucraniana lo que les dará el triunfo. Su objetivo será provocarla. Lo lleva siendo y en ello confían. Un escenario que hoy puede parecernos, y nos parece, imposible pero que es no solo posible sino hasta probable. Y, desde luego, es al que quieren llevarnos.

 

Existe y es normal en todo ello, una sensación de incredulidad, un "no puede ser" que sale desde la razón y la mínima sensatez. Pero es que "eso" cada vez cuenta menos. Porque la racionalidad es precisamente lo primero que había de extirparse y en buena parte se ha extirpado en este desbocado galope, esa estampida enloquecida donde se atropella todo y nada importa que no quede brizna verde ni en pie nada ni atrás ni por delante.

 

No podíamos creerlo, no podemos imaginarlo, no podían ni pueden muchos de ellos mismos, muchos de los propios catalanes nacionalistas, pero a esto los han llevado sus cada vez más radicalizados dirigentes y sus socios más extremos y en esa estamos. Lo que puede alumbrarse en octubre puede ser algo que nos sobrecoja a todos, un disparate en el que nos veamos envueltos, una locura inimaginable, y donde estupefactos nos preguntemos ¿Cómo ha podido pasar esto?. Pues muy simple, porque los separatistas es donde quieren ir y donde quieren llevarnos.

 

Esto ya no puede acabar bien. Puede terminar mal o muy mal. Y no es pesimismo sino realidad. Vamos a vivir zozobra y angustia, vamos a sufrir todos, pero quienes más van a ser los propios catalanes y eso no me alegra en absoluto. Me entristece de la manera más honda. Porque Cataluña fue nuestro faro de progreso, de modernidad, de convivencia. El separatismo la aboca ahora a la más reaccionaria de las sendas y de las doctrinas: la de la caverna tribal y el odio al "otro". Pobre Cataluña.

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