Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies

.
Sábado, 2 de septiembre de 2017

Iglesias quiere un Podemos en el que no quepa la discrepancia

Guardar en Mis Noticias.

Modificar de forma unilateral y sin aviso previo los estatutos emanados del último congreso de Podemos, conocido como Vistalegre II.

Esto es lo que ha realizado sin ningún pudor Pablo Iglesias aprovechando el mes de agosto. Si, como ocurre también en ese partido, el congreso es el máximo organismo en la vida de una organización política, no es arriesgado concluir que la iniciativa de Iglesias y de su Ejecutiva es un fraudulento golpe de timón que muy poco tiene que ver con la democracia interna en una formación política.

 

En concreto, el líder de Podemos ha maniobrado para hacerse con el control de la Comisión de Garantías Estatal. Este organismo es clave en la vida del partido porque es como el tribunal interno de la formación, encargado de dirimir los conflictos y del régimen disciplinario y de defender los intereses de los militantes. La composición de la Comisión de Garantías, presidida por Olga Jiménez, había sido aprobada en Vistalegre II con el 52% de los votos, pero Iglesias ha decidido unilateralmente cambiarla para hacerla más afín y asegurarse también el control de las medidas disciplinarias contra los críticos en Podemos.

 

En la práctica, el intento de Iglesias y de Pablo Echenique otorgaba a la Ejecutiva el poder sobre la Comisión de Garantías. Toda una contradicción en un partido que se dice asambleario y que afirma que cede el poder a las bases: salvando las distancias, y para que se entienda mejor, es como si el Gobierno de un país decidiera de repente asumir el control de la Administración de Justicia.

 

Lógicamente, el movimiento de Iglesias ha provocado una fuerte contestación en el partido y, como informábamos ayer, esta flagrante manipulación de los Estatutos ha sido denunciada por 11 de las 16 comisiones de garantías autonómicas y consideran nulos los cambios introducidos por la Ejecutiva, aunque ésta ya los ha enviado a registrar al Ministerio del Interior.Pablo Iglesias ha dado muestras otra vez de gestionar el partido de forma autoritaria.

 

Ya vimos también la forma dictatorial que tuvo de retirar a Íñigo Errejón de su lado tras perder su candidatura en el congreso de Vistalegre: desapareció de los órganos de dirección del partido y del grupo parlamentario, a pesar de que su candidatura obtuvo una representación del 37% en el Consejo Ciudadano, máximo órgano de representación del partido entre congresos.Éste es el modo de actuar del secretario general de Podemos.

 

Tiene una Ejecutiva a su medida y ha querido escenificar que tampoco va a permitir críticas a sus decisiones. Es cierto que, en la práctica, la democracia interna es algo que brilla por su ausencia en la mayoría de los partidos políticos y que, aunque únicamente sea porque el órgano ejecutivo controla la confección de las listas electorales y también la asignación de cargos en las distintas administraciones, es complicado una verdadera oposición a las directrices de los dirigentes del partido. Pero este hecho es mucho más grave en quien ha aparecido en la escena política como un regenerador de la gestión pública y ferviente defensor de la limpieza en el juego de los partidos.

 

Pablo Iglesias no es creíble cuando dice defender los intereses de los ciudadanos si conculca los de sus propios militantes simplemente porque no concuerdan con su idea de gestionar el partido. Pablo Iglesias no es creíble cuando habla de defensa de la democracia ante los supuestos ataques a la misma del Gobierno popular si él no quiere garantizar los derechos democráticos de los afiliados críticos de Podemos, que ahora se exponen a ser expulsados del partido sólo por no pensar como el líder supremo.El secretario general de Podemos y sus fieles, con Pablo Echenique en primer término, pretende construir un partido centralista de corte leninista, férreamente controlado por la dirección, que muy poco tiene que ver con aquella formación de caracter asambleario en la que las bases tenían capacidad real de decisión. Se ha convertido en la casta que dijeron que venían a erradicar.

Acceda para comentar como usuario Acceda para comentar como usuario
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
MadridPress • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress