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Miércoles, 9 de agosto de 2017

Madres coraje

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El caso de Juana Rivas, la madre de un pueblo de Granada obligada a entregar a sus dos hijos al padre, acusado de malos tratos, ha causado alarma en la opinión pública y se ha convertido en motivo de controversia en los medios de comunicación y las redes sociales.

Soy madre y haría lo que fuera por proteger a mis hijos de un padre maltratador y, desde ese punto de vista, comprendo lo que hacen esas madres coraje dispuestas a todo para que nadie ponga a sus hijos las manos encima.

 

La huida de Juana empezó en mayo de 2016 cuando viajó con sus dos hijos de 11 y 3 años desde Italia, donde vivían con su expareja y padre de los menores hasta el pueblo granadino de Maracena. Le dijo que se iba de vacaciones, salió del país con el consentimiento de su marido Francesco Arcuri y no ha vuelto. Se ha ocultado para no tener que entregar a sus hijos -tal como,había decretado una sentencia en Italia- y ayer mismo tras no acudir al juzgado para dirimir si ha incurrido en un delito de retención ilícita de menores el juez dictó orden de detención contra ella.

 

En todo este asunto es fundamental valorar que en el 2009 Francesco fue condenado a tres meses de cárcel y se dictó una orden de alejamiento por un delito de violencia machista, y el hecho de que años después la pareja retomará la relación y se fueran a Italia no significa absolutamente nada.

 

Los detractores de Juana, insisten en que un maltratador no tiene por qué cargar toda la vida con ese calificativo, que la justicia tiene como fin último la rehabilitación y afirman que la carga de la prueba está en que ella misma le perdonó y tuvo un segundo hijo con él. ¿Y qué? Hay muchos casos donde existe una reconciliación y eso no significa que se acaben los malos tratos físicos o psicológicos, cuyas secuelas son casi peores. Querer criminalizar a las mujeres maltratadas que regresan con sus parejas por haberlo hecho es una manera muy burda de defender a los maltratadores e incriminar gratuita y doblemente a las víctimas. ¿O es que porque haya una equivocada reconciliación debes de aguantar lo que haga falta hasta que te maten a ti o a tus hijos?

 

Juana esperó a volver a nuestro país para denunciar a su pareja nuevamente por malos tratos y esa causa lleva paralizada meses, lo que choca con la celeridad con la que un juzgado de Granada atendió la reclamación del padre, y ha ordenado a la madre a que le entregue a los niños con el argumento de que se violó el convenio internacional sobre traslado ilícito de menores al traerlos a España sin consentimiento paterno, podía leerse estos días en algunos periódicos y así es. Vaya por delante que pienso que Juana debe respetar la ley, como debemos hacer todos, pero lo que está haciendo simplemente es ganar tiempo para que la Justicia actúe rápido, cosa que debería hacer y no solo por la alarma social que ha levantado este caso sino por los niños que deben ser protegidos de todo este ruido mediático.

 

Desde luego la entrega de los pequeños no debería producirse hasta que haya una resolución definitiva sobre la causa de los malos tratos porque consentir, sin más, que vuelvan a Italia con su padre, puede tener efectos perversos.

 

¿Tiene derecho un padre condenado por lesiones a estar con sus hijos una vez cumplida la condena o se le debe prohibir cualquier contacto de por vida? ¿Un maltratador debe perder para siempre la patria potestad? Se preguntan con énfasis quienes defienden a Francesco y la respuesta está en que los menores son el bien a proteger y todo lo demás es secundario. Por lo tanto se debe esperar a que se agoten todas las opciones judiciales y luego proceder.

 

Juana Rivas con su actitud se arriesga, como mínimo, a una pena de dos a cuatro años de cárcel por el delito de sustracción de menores y también a la inhabilitación especial para el ejercicio del derecho de patria potestad por un tiempo de cuatro a diez años, entre otras cuestiones. Sus abogados lo saben, ella también y lo sabe el padre que no está dispuesto a volver a su país con las manos vacías, aunque, pensándolo bien ya las debe de tener llenas, tras haberse paseado por distintos platós de televisión. Ahora resulta que o "Todas somos Juana" o "Todos somos Francesco" pero nadie se ha puesto en la piel de los niños, que en todo este enredo es lo único que de verdad importa. Proteger a los más débiles es una obligación de cualquier sociedad, un deber irrenunciable que, desgraciadamente, se convierte en una cuestión secundaria en este tipo de conflictos.

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