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Viernes, 28 de julio de 2017

Cinismo español

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Los cínicos españoles no tienen nada que ver con los cínicos griegos de hace XXV siglos, y, desde luego, no tienen el ingenio de Diógenes de Sinope.

Los cínicos españoles son unos mentirosos venidos a más, que se envuelven en banderas patrióticas para hacer caja familiar; que señalan el camino de la secesión como fórmula para alargar la vida y combatir mejor las enfermedades, o que, viendo arruinada una institución financiera, sacan sus acciones a La Bolsa y dan órdenes de que se estafe a sus clientes, presionándoles para que compren esas acciones podridas. El cínico español, en fin, es ese ardoroso luchador contra la prostitución femenina, que, a la tarde, visita la casa de lenocinio como cliente distinguido, y le pregunta a la madame si hay alguna pupila nueva.

 

Esta semana ha tenido lugar una de esas representaciones espectaculares, una de esas brillantes puestas en escena, donde no ha faltado ni siquiera la división en dos partes.

 

En la primera parte el cínico se mostraba alicaído y consternado, muy preocupado porque la presencia del presidente del Gobierno como testigo en un juicio sobre corrupción, iba a proyectar una imagen negativa de España. Y tenía razón. Pero lo más deslumbrante es que esa persona atribulada y pesarosa por la imagen de España había sido, precisamente, uno de los que había luchado más denodadamente para que se citara al presidente del Gobierno como testigo y, cuando eso se logró, uno de los que insistió con más denuedo, para que no hiciera uso de su privilegio de declarar en su sede ante el juez, y que acudiera al juzgado, y se sometiera a las cámaras de medio mundo.

 

En la segunda parte, una vez que el testigo contestó a las preguntas, el cínico, de manera inmediata, pidió su dimisión. Si ya Albert Rivera se ha cargado la presunción de inocencia a los imputados, ahora parece que los cínicos pretenden que los testigos de los juicios sean multados o detenidos tras prestar declaración. Cinismo español. Burdo. Exagerado. 

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