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Viernes, 14 de julio de 2017

¿Habrá muertos progresistas?

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En el vocabulario del político moderno, todavía no ha nacido la expresión "muertos progresistas", pero estamos a menos de cinco minutos de que alguien lo suelte y nos ilustre en la taxonomía contemporánea.

Un día, en una comisión del Congreso de los Diputados, allá por el año 1978, una diputada de un partido de cuyo nombre sí quiero olvidarme, dijo que el eucaliptus era un árbol fascista. Había llegado a esa conclusión, tras constatar que el eucaliptus necesita mucha agua para desarrollarse. A partir de ahí, me imagino que las piscinas serán todas fascistas, menos las públicas que cumplen una función socializadora.

 

A raíz de las mezquindades suscitadas con el homenaje a Miguel Ángel Blanco, y del cuidado del virgo de la fachada del Ayuntamiento de Madrid, desvirgada en tantas ocasiones, he llegado a la conclusión de que hay muertos progresistas y muertos de fosa común, con poca afición a la lucha de clases. Por ejemplo, los muertos de ETA parece que pertenecen a este apartado, mientras los muertos progresistas son los de hace ochenta años, los de antes y después de la guerra civil.


¿Todos? No, no. Los muertos progresistas eran los que fusilaban las tropas de Franco. Los de Paracuellos, los asesinados por ser seminaristas o porque el portero informaba de que eran peligrosos suscriptores de ABC, esos son muertos, sin más. ¿Y los asesinados por ETA? Un progresista de provecho tiene sus dudas. Militares, policías, guardias civiles, empresarios, jueces, fiscales, funcionarios... ¡Uff! ¡Qué pereza! Da la impresión de que es un muestrario completo de la burguesía y sus guardianes. Hombre, no vamos a estar de acuerdo en que los mataran, pero hay que entender que a un izquierdista español le cueste mucho considerar que es lo mismo asesinar a Calvo Sotelo, jefe de la oposición, que a un sindicalista. Y esa puede ser la explicación de la falta de unidad en el homenaje a Migue Ángel Blanco: los sectarios creen que no era un muerto progresista.

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