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Viernes, 2 de junio de 2017

La fuerza legítima

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Preguntar si un Estado empleará la fuerza para defenderse es lo mismo que preguntarle a un médico si el agua es húmeda.

Precisamente uno de los pilares del Estado es la fuerza para defenderse, tanto de sus enemigos exteriores como interiores. El Ejército, la Policía, la Guardia Civil y la policía autonómica, están ahí precisamente para aviso disuasorio y, en caso de necesidad, para usarla. Y se usa todos los días. En las fronteras, en las carreteras, en las calles, en las detenciones, en los traslados de los detenidos, en los controles aleatorios. No hay ningún Estado de Derecho, ninguna democracia vecina que haya renunciado al uso de la fuerza, y si lo hubiera hecho, ya no existiría.

 

Comprendo que Puigdemont, tan teorético en sus hipótesis de independencia, le cueste asomarse a la realidad, pero él mismo, como representación del Estado en Cataluña, dispone de una fuerza -los mossos de Esquadra- que la ejercen a diario por simple presencia o por comisión necesaria. Plantearse si un Estado va a emplear la fuerza es algo así como cuestionarse si los ciudadanos, al marcharse de sus domicilios, dejan la puerta abierta o la cierran.

 

Hace un par de meses, los mossos de Esquadra, en colaboración con la Policía Nacional, el Centro Nacional de Inteligencia, y la policía belga, detuvieron en Barcelona a tres individuos, relacionados con el atentado en Bruselas que costó la vida a 32 personas. Y emplearon la fuerza, claro, y nadie se indignó, ni criticó la acción, al contrario, fue un alivio que se empleara la fuerza contra estos presuntos delincuentes. Y, si el delito es una quiebra de ese Estado por la fuerza, de manera ilegítima, es decir, cometiendo un delito, es lógico que el Estado emplee la fuerza legítima que le proporcionan las leyes.

 

Es probable que a Puigdemont, de cuya inteligencia no tenemos proyectadas grandes deslumbrantes muestras, le cueste entenderlo, pero nadie entraría en la cárcel, ni ofrecería voluntariamente el botín de lo robado, ni se dispondría a ser sometido a juicio, de no ser por esa fuerza, por esa posibilidad de coerción, cuya existencia hace posible evitar el caos. Y el caos es un concepto que es posible que sí pueda entender Puigdemont, porque parece desenvolverse a gusto en él.

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