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Sábado, 27 de mayo de 2017

Cuestión de piel

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Francisco, el Papa, es un hijo de inmigrantes italianos que se crió en el barrio porteño de Flores y se ordenó como sacerdote a la mística edad de 33 años. Del arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, decían sus amigos, que nunca pretendió ser Papa pero lo ha sido y su pontificado está imprimiendo carácter, y no solo porque está rompiendo moldes protocolarios, sino porque se erige en defensor de los pobres, en un mundo donde la pobreza y la miseria se está cebando con muchos.

Es un jesuita austero muy disciplinado y un hombre cercano y sencillo, de solvencia académica, hincha del San Lorenzo y amante del tango, de la música clásica y de los clásicos de la literatura (Dostoievsky, Dante, Jorge Luis Borges...). A los 17 años descubrió su fe durante una confesión. Se lo advirtió a Amalia, su novia de juventud, en una carta que ella rememoraba estos días: "Si no nos casamos, me hago cura", le escribió y, en efecto, a los 21 años entró en el seminario de los jesuitas. Por las mismas fechas tuvo una grave pulmonía que lo debatió entre la vida y la muerte y se ordenó como sacerdote, tardíamente a los 33 años. Desde entonces ejerció como docente en varios colegios y sólo comenzó a destacarse entre la Curia a los 55 años, cuando fue nombrado obispo auxiliar de Buenos Aires.

 

Eso sí, después su carrera fue fulminante: en 1998, arzobispo de Buenos Aires; en 2001, cardenal. Encabezó la Compañía de Jesús argentina y presidió el Episcopado en dos ocasiones. Hasta que llegó a un papado no exento de críticas pero cuya figura está acercando a la Iglesia a muchos ciudadanos que jamás se acercarían a ella. A mí este Papa, como he dicho en otras ocasiones me gusta mucho. No porque esté rompiendo esquemas, que lo está haciendo, o porque sea un auténtico revolucionario, que lo es en la verdadera acepción de la palabra, o porque esté cambiando los viejos tópicos de la Iglesia, cosa que está ocurriendo. Me gusta porque es un hombre valiente que, casi siempre, nos sorprende en los momentos clave.

 

Uno de esos momentos se produjo el otro día con la visita de Donald Trump al Vaticano donde el histriónico personaje lució una amplia sonrisa, mientras Francisco en las sesiones fotográficas aparecía serio y contrariado. Era un cara a cara entre el representante del país más poderoso de la tierra y la máxima autoridad moral del planeta y, delante de las cámaras, Francisco no quiso hacer concesiones a la galería. Hay temas como el aborto, la eutanasia y el matrimonio entre homosexuales donde ambos pueden tener alguna coincidencia pero Trump es un 'bon vivant', con una ambición empresarial sin freno, "lanzando su apellido como una marca que presta y vende al mejor postor" (Ary Waldir Ramos) y Bergoglio es un Papa austero que en su apartamento de Buenos Aires se hacía la comida y, cuando fue elegido, prefirió vivir en una modesta residencia y no en las habitaciones papales, prescindiendo de coches más o menos lujosos y ocupando primero un modesto Ford Focus y, ahora, un sencillo coche eléctrico Nissan Leaf, que acentúa su deseo de ejemplaridad en materia de protección del medio ambiente.

 

El otro día así lo recordaba en un artículo muy interesante Rafael Navarro Valls titulado "La tregua de Dios" donde se pretendía buscar coincidencias o mejor dicho treguas temporales y hablaba de "desencuentros sustanciales entre Francisco y Trump en otras áreas, como el cambio climático, la inmigración y la justicia de las acciones bélicas". "El Papa Francisco, es alguien preocupado por el medio ambiente, hasta el punto de haber dedicado una encíclica (Laudato si) sobre la cuestión. Trump es un escéptico del calentamiento global y de las medidas excesivas en la protección del medio ambiente. Para Francisco, cerrar las fronteras o levantar muros para detener a los inmigrantes es un crimen de lesa majestad. Para Trump, un medio de defensa frente a elementos potencialmente hostiles. En fin, utilizar 'la madre de todas las bombas' lanzándola sobre escondrijos de la yihad ha enfurecido al Papa, no solamente por la utilización de un arma terrible, sino también por la propia definición de 'madre', que contrasta con la finalidad destructiva de las bombas", decía el catedrático y yo lo comparto.

 

Claro que siempre puede haber algún punto de confluencia entre Francisco y Donald Trump si buscas bien, como por ejemplo que ambos son descendientes cercanos de emigrantes. "Francisco de italianos asentados en Argentina y Trump de madre escocesa y padre alemán, arraigados en EE.UU. o que son cercanos al pueblo y lejanos del establishment curial vaticano (Francisco) y del aparato del Grand Old Party (Trump). O también que "los dos se encuentran más cómodos en el contacto directo con los ciudadanos y los fieles, que en las reuniones con los líderes políticos", insiste Navarro Valls, pero más allá de estas pequeñas cosas a ellos les separa un abismo. Su concepción de la vida, la ética y la moral es diametralmente opuesta y como para gustos los colores a mí el Papa me encanta y el poderoso americano me pone de los nervios. ¡Es una cuestión de piel!

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