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Sábado, 13 de mayo de 2017

Maniqueísmos históricos

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Señala el Diccionario de la RAE en su segunda acepción, que “maniqueísmo”, con un sentido peyorativo, es la “tendencia a reducir la realidad a una oposición radical entre lo bueno y lo malo”.

La tendencia maniquea suele arraigar muy en firme en la militancia política: mis siglas, mi partido, mi visión de la vida. Tener muy claras unas convicciones es vivir al cabo.

 

No es deshonroso, sino arriesgado. Se corre el riesgo, en efecto, de no contemplar esa riqueza de matices que tiene el mundo. Conduce, de hecho, a la paradoja kantiana: si moralmente hay que decir siempre la verdad, pues es el principio universal regido por el imperativo categórico, entonces habría que indicar al perseguidor asesino dónde se esconde la víctima que busca y ansía ultimar. De otro modo, mentiríamos, y nos saltaríamos el principio de la ley moral.

 

La postura contraria, pensar que todo es relativo, puede pecar de acomodaticia. “Personalmente, me atengo a lo que venga”, dice el cínico capitán Louis Renault en la mítica Casablanca (1942). Es decir, no hay ni blanco, ni negro, sino un gato que caza ratones, que es lo importante (Deng Xiaoping dixit). Lo que nos conduce a inducir que el relativismo no tiene por qué conllevar inacción o pasividad social, sino solo acertar a elegir, en cada caso y en cada momento, el camino correcto.

 

Ser sincréticos o eclécticos quizá sea lo mejor, en la medida de poder alcanzar un punto de equilibrio y de prudente comedimiento. Cuando nos pesamos en casa, ¿dónde está la aguja de la balanza? En el cero absoluto, en el centro, para que a ser posible facilite una lectura correcta y ecuánime de nuestro peso. De otro modo, nos engañaríamos a nosotros mismos. Subrayo esto: nos engañaríamos a nosotros mismos, que es lo que le pasó, en principio, al Hubble con su miopía. 


Recuerdo ahora una canción chilena muy bonita, cariñosamente mecida por el injustamente malogrado Víctor Jara: “Ni chicha ni limoná”. Es un alegato contra el eclecticismo. Se impone tomar partido por una causa justa. Víctor Jara, su autor, la presentaba así: “Es para justo las personas que están allí, que ni siquiera están. Ni siquiera están, porque no están ni aquí, ni allá. Nosotros les decimos que no son “ni chicha ni limoná”.

 

Los indecisos, o los centristas, o simplemente, quienes no quieren correr riesgos. Los Larra picos de oro que no se apean de su estamento privilegiado. En otra canción, “Las casitas del barrio alto”, Víctor Jara habla de ese niño de papi, que cuando va a la universidad, toma conciencia política y se vuelve un revolucionario. Tardío resentimiento contra el padre. Unos aman bajar, con complejo de culpa, mientras otros no logran subir, ni pueden concebir la realidad de otra manera que desde ese pálpito de los desclasados. Tal vez, desde luego, la responsabilidad no sea suya, sino del tiempo y lugar donde les toca vivir. Eso de individuos con estrella, e individuos estrellados.


Se conmemoran los ochenta años del devastador bombardeo e incendio de la villa de Guernica, la tarde del 26 de abril de 1937. La acción fue mayoritariamente encomendada a los aviadores alemanes de la Legión Cóndor. Hay doce de esos soldados enterrados en el cementerio cántabro de Ciriego, ante una inscripción que reza: “Hier Ruhen Deutsche Soldaten” (‘Aquí descansan soldados alemanes’). El mausoleo está hoy olvidado. Hace poco que la embajada alemana ha ordenado la retirada, en el camposanto madrileño de la Almudena, de una placa conmemorativa de hormigón en honor a siete pilotos de la Legión Cóndor sepultados en él. En su lugar, deberán figurar siete pequeñas placas con los datos identificativos de cada uno de estos militares. Se pretende con ello, evidentemente, no hacer exaltación ni ostentación de un hecho histórico hoy luctuoso. Sin embargo, tengo que contar algo verídico en relación con los soldados alemanes de la Legión Cóndor. 

 

Mi abuelo paterno, oriundo de Vitoria (Álava, País Vasco), que se llamaba Antonio Matías Usabel Aretio Aurtena, trabajaba y vivía en esa ciudad en los años de la Guerra Civil nuestra. Su padre, Salustiano de Usabel, había sido Jefe de la Guardia Municipal (policía) de la villa. Álava era una provincia desde el principio afín a la causa de los sublevados contra la II República española. En ella, en abril de 1937, había soldados alemanes de la Legión Cóndor, muy amigos de francachelas en los bares y tabernas vitorianas.

 

Mi abuelo, empleado del Banco Urquijo, cuando no estaba trabajando, era asiduo frecuentador de esos establecimientos de ocio y descanso. Se había afiliado al Partido Socialista Obrero Español en 1924, cuando se produjo el secuestro, martirio y asesinato del líder socialista italiano Giacomo Matteotti. Mi abuelo Antonio fue socialista convencido toda su vida. Se casó con mi abuela María Luisa Muñoz, una humilde costurera a quien su padre militar había abandonado hacía tiempo. Pues bien, según el testimonio de mi abuelo, no fueron pocas las veces en que confraternizó con la tropa alemana, ni en que esta lo escoltara hasta su domicilio, para librarlo del acoso de los enfurecidos requetés. Es decir, los alemanes de la Legión Cóndor evitaron en más de una ocasión a mi abuelo ser represaliado por los insurgentes de la Guerra. En aquellos azarosos tiempos mi padre no había nacido aún. Luego yo y mi hermano podemos existir gracias a la buena acción de esos soldados alemanes, tan denostados en este momento. Sí, no hay mal que por bien no venga.


Hombres y mujeres nobles y buenos puede haberlos bajo cualquier bandera. Melchor Rodríguez García, torero anarquista, cupletista y poeta, humano fieramente humano antes que nada, apodado el Ángel Rojo por haber salvado del paredón, entre noviembre de 1936 y marzo de 1937, a miles de presos políticos en las cárceles de Madrid. Su consigna: “Se puede morir por las ideas, pero nunca matar por ellas”.

 

Otro testimonio: Ángel Sanz Briz, llamado el Ángel de Budapest, porque salvó a más de cinco mil judíos en 1944 –unos doscientos, sefarditas—proporcionándoles pasaportes españoles. Sanz Briz se había afiliado antes al bando sublevado del general Franco. Eso no impidió que se sintiera llamado a arriesgar su seguridad para salvar todas las vidas que pudo. Por ello fue proclamado Justo entre las Naciones por el estado de Israel. Sanz Briz murió en Roma, en 1980. El gobierno de Franco fue informado por Sanz Briz de la persecución implacable y exterminio sistemático del pueblo judío. Y no se opuso a que su diplomático ejerciera su acción de salvar vidas de perseguidos.

 

Al fin y al cabo, si ha habido españoles absolutamente leales, españoles fieles siempre a la memoria de España, como madre patria, estos han sido, sin duda, los judíos sefardíes, dispersos por el Mediterráneo tras la diáspora de 1492. Ellos han conservado durante varios siglos la lengua castellana del siglo XV, su cultura y tradiciones, la llave de sus casas en España. No han existido, pues, para nuestro país, mejores ciudadanos, mayores y más genuinos embajadores.


La Historia nos enseña sobre el error de ser sectario. Cuidemos al gato que, ya siendo blanco o negro, o de cualquier otro color, nos libra de los molestos ratoncillos.
 

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