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Sábado, 13 de mayo de 2017

Memoria y democracia

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El Valle de los Caídos es un sitio espantoso, lúgubre y oscuro, por lo que es y por lo que representa. Yo solamente he ido una vez en mi vida porque cuando era pequeña las monjas de mi colegio nos llevaban de
excursión y no he querido volver a los sitios que me dan malas vibraciones, no me gusta frecuentarlos.

Ahora el Congreso ha aprobado con 198 votos a favor frente a 140 abstenciones -del PP y de ERC- la iniciativa presentada por el PSOE en la que se reclama al Gobierno la puesta en marcha de los trámites oportunos para proceder a la exhumación y retirada de los restos del dictador Francisco Franco del Valle de los Caídos.

 

La petición de la Cámara quedará, sin embargo, aparcada a la espera, según fuentes de Presidencia, de un estudio legal exhaustivo. El Ejecutivo, en cualquier caso, no tiene obligación jurídica de dar cumplimiento a las proposiciones no de ley, pero mucho me temo que el tema seguirá levantando ampollas y será una causa recurrente de enfrentamiento entre esta España roja y azul que algunos se empeñan en seguir escribiendo.

 

La oposición, como es lógico, intenta desgastar la imagen del gobierno por tierra, mar y aire pero resulta burdo y demagógico pretender, a estas alturas de la película, querer presentar al PP como un partido franquista, el heredero ideológico de esa dictadura que sumió a España en la penumbra durante 40 años.

 

Que, PSOE, Podemos y Ciudadanos hayan aprobado con sus votos una proposición no de ley para que los restos de Franco y Primo de Rivera sean exhumados y movidos de su ubicación actual no es óbice para manchar por elevación las siglas de un partido plenamente democrático. Yo estoy de acuerdo con que los restos del fundador de Falange Española se trasladen a un lugar "no preeminente" de la Basílica que se levanta en el Valle de los Caídos y que los del dictador queden fuera del recinto que él mismo ordenó levantar, utilizando a prisioneros de guerra como mano de obra esclava.

 

Hace tiempo leí y escribí sobre el artículo de un catedrático de economía emergente, Alfredo Pastor, titulado "Elogio de la memoria". Sostenía el catedrático que la elección entre el cultivo de la memoria y el del razonamiento siempre nos plantea un dilema falso y afirmaba que en el imaginario popular contrasta un pobre niño sentado en un pupitre roñoso condenado a aprender de memoria la lista de los Reyes godos con otro en un aula luminosa descubriendo el teorema de Pitágoras con ayuda de unos bloques de madera de colores. El primero está sometido a una tortura embrutecedora y el segundo da sus primeros pasos por la hermosa avenida del conocimiento. Comparto desde luego que la lista de los Reyes godos es de dudosa utilidad pero la memoria no puede estar entre las víctimas del progreso.

 

El artículo me impresionó porque yo siempre he tenido mala memoria y admirado a quienes la tienen porque lo considero un don que hay que ejercitar cada día más.

 

Claro que la memoria en la época de los ordenadores y el Google se ha hecho menos necesaria, pero si se pierde la memoria se pierde mucho de lo vivido, de lo aprendido y de lo admirado. Vivo en carne propia, y por cuestiones familiares el drama que supone perder la memoria, no recordar nada, olvidar quien has sido y quién eres. Tal vez por eso cada día me esfuerzo más, no en aprender de memoria los Reyes Godos ¡cosa que ya no podría hacer!, pero sí en retener aquellos recuerdos gratificantes, esos pequeños instantes que merece la pena guardar como un tesoro y no olvidar las lecciones aprendidas de la experiencia.

 

En ese mismo artículo se comentaba que el neurólogo Oliver Sachs contaba que uno de sus pacientes músico, experto en Bach, persona culta, articulada y funcional había perdido por completo la memoria inmediata y si salías y volvías a entrar en la habitación donde estaba te recibía cordialmente como si no lo hubiera visto nunca. Si la memoria individual es importante no lo es menos la colectiva y por eso no conviene, en épocas tan complicadas como ésta donde suenan tambores de guerra por todos lados y los adversarios políticos vuelven a ser enemigos, perder la memoria de la historia y olvidar lo que nos ha costado llegar a este punto donde los derechos y las libertades deben ser nuestra razón de ser. Los tiempos convulsos suelen ser aprovechados por los más miserables para inocular recetas populistas que, a la larga, tienen resultados nefastos. Por eso hay que estar alerta, repasar la historia y no bajar la guardia. La memoria y el razonamiento en estos casos deben ir de la mano y no hay dicotomía que valga.

 

Es fundamental no perder la memoria de lo que ha sido la historia del siglo XX español, y el sufrimiento que causó la guerra fraticida a ambos lados, pero sobre todo para no volver a cometer los mismos errores que llevaron a aquella catástrofe. Han pasado más de 78 años desde el fin de la guerra civil, española y casi 42 desde la muerte del dictador que impuso un régimen totalitario y seguir reabriendo heridas es un camino hacia ninguna parte.

 

Ningún demócrata que lo sea de verdad se puede negar a que las familias de las victimas tengan derecho a saber qué fue de sus muertos pero la utilización de clichés políticos felizmente superados solo provoca enfrentamientos y no tiene nada que ver con la realidad social de la España del 2017. Solo desde la miopía política, el populismo barato o el revanchismo se puede poner en cuestión el logro que supuso la Transición y el esfuerzo que hicieron varias generaciones de españoles obligados a olvidar su dolor, por el bien común y la instauración de la democracia.

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