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Sábado, 29 de abril de 2017

La jefa del clan

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El Mundo publicaba hace poco que existe un manuscrito que acredita que Marta Ferrusola dio órdenes a la Banca Privada de Andorra (BPA) para mover parte de la fortuna familiar en el Principado.

Según ese documento, la matriarca del clan transfirió 838.244 euros en julio de 2014 al Banco de Madrid y debido a ello el juez José de la Mata y la Fiscalía Anticorrupción consideran que este documento prueba que Ferrusola "disponía de los fondos" de la familia y tenía un papel activo en la gestión de la fortuna oculta en el Principado.

 

No teníamos pruebas, pero era un secreto a voces que el clan lo controlaba ella, que ella era la jefa y como tal mandaba, ordenaba, imponía, hacía y deshacía y aunque ahora estamos viendo que la sospecha se está convirtiendo en certeza, mucho me temo que una gran parte de ese clan familiar corrupto se va a ir de rositas, entre otras cosas, porque en todos los años transcurridos desde que se iniciaron las actuaciones judiciales se han podido destruir pruebas a mansalva.

 

Pujol, el veterano político al que todos creímos un hombre de Estado, un componedor de alianzas y acuerdos políticos que evitó durante mas de treinta años el choque de trenes entre Cataluña y España que ahora sus sucesores quieren provocar, ha resultado ser un mentiroso compulsivo, un auténtico fiasco, que ha decepcionado a todos. Ha mentido reiteradamente y no sólo porque haya evadido impuestos y posiblemente robado a manos llenas, sino porque lo ha hecho envolviéndose en la bandera catalana y usando la senyera -ahora directamente la estelada- como escudo humano para convertirse en intocable. Ahora incluso aunque ese clan pudiera devolver el dinero, Pujol no puede devolver los años ilegítimos en que llamó a los catalanes a sacrificarse por la construcción nacional. ¿Qué entendieron ellos por sacrificio?

 

Alguna vez he recordado una de las últimas veces que estuve con Pujol en persona siendo aún president de la Generalitat. Nos invitó a comer a Victoria Prego y a mí en la sede de presidencia y como siempre hacía cuando conversaba distendidamente con periodistas, mostró interés en cómo se veía desde España algunas de las cosas que más le preocupaban en ese momento: la pela y el uso del catalán.

 

Fue amable y educado, cosa también habitual, y sus explicaciones tenían mucho de pedagogía sobre las bondades del nacionalismo pero el que hablaba era él y nosotras escuchábamos y metíamos baza, muy de vez en cuando, aprovechando que unos de sus muchos "tics" dejaran un instante de silencio en sus monólogos. Respetábamos mucho sus opiniones de fino analista europeo y creíamos que la grandeza del personaje podía mitigar nuestra disconformidad con sus ideas.

 

Ahora con la perspectiva del tiempo y sabiendo lo que estamos sabiendo siento una gran de decepción personal, repugnancia intelectual y desgarro interior. No es que se me haya caído un mito  -que hace mucho que para mi ya no lo era- es que al final ves que no hay referentes políticos en los que sostenerse y, aunque sigo pensando que todos no son iguales, percibes que se derrumba todo un sistema. Y también recuerdas ¡con tristeza! y un punto de sonrojo cómo los jóvenes que luchamos contra la Dictadura ni en las peores pesadillas pudimos intuir que la democracia que soñamos degeneraría en tal grado de corrupción y degradación en la clase política, cuya acción no solo debería ser ejemplar sino ejemplarizante.

 

Vemos este desfile de políticos de todos los pelajes ideológicos investigados, acusados y entrando en prisión y cuando se termina la bochornosa escena del paseíllo, no seguimos el rastro a la devolución del dinero esquilmado a las arcas públicas. Los Pujol y todos los demás tienen que ir a la cárcel pero tienen que devolver todo lo robado y ¡ha sido mucho! para dar satisfacción a los catalanes honrados que hacen que esa tierra sea próspera y grande. Políticamente está claro que una nueva etapa en Cataluña no pueden protagonizarla los mismos que han amparado y consentido tanta mentira. ¡Basta ya de corruptos!

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