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Viernes, 14 de abril de 2017

Por una muerte digna

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El pasado dos de abril una persona aquejada de ELA (esclerosis lateral amiotrófica), enfermedad hoy incurable, que provoca la parálisis muscular y finalmente la muerte por asfixia, decidió grabar un vídeo y poner término a su vida por medio de un potente barbitúrico, pentobarbital sódico, el mismo que se utiliza para sacrificar a los animales y ejecutar a los presos condenados a la pena capital en Estados Unidos.

También se emplea, en las dosis adecuadas, como anestésico para cirugía. 


Esta droga, en su proporción letal, primero duerme –es decir, hace perder toda consciencia—y luego provoca un paro cardíaco. Una muerte dulce, sin dolor aparente. Una muerte preferible a la lenta y dolorosísima asfixia por ELA.

 

Los enfermos terminales de cáncer de pulmón fallecen en la misma circunstancia. Lo sé porque mi padre sostuvo en sus brazos a un tío de mi madre, que agonizaba de esa forma, con calculadora y cruel lentitud, hasta que sus pulmones se cerraron al último átomo de aire. Fue consciente de que se asfixiaba, y sus pupilas bailaron en sus órbitas hasta el momento final, en que el corazón se detuvo.


Cuando Jesucristo fue condenado a muerte por el Sanedrín, y ejecutado por los romanos, fue azotado hasta la extenuación y crucificado. Lo normal, no siendo Pascua, es que un crucificado tardara varios días en morir. Dios Padre impidió este hecho, porque no quiso ver sufrir a su Hijo más de lo debido. Jesús murió a las pocas horas de haber sido clavado en la cruz. De hecho, cuando el soldado romano le atravesó el pecho con la lanzada, Jesús ya estaba muerto. A los dos ladrones crucificados con Él se les quebraron las rodillas con un mazo, para que no los sostuvieran las piernas y el diafragma se cerrara. En escasos minutos, fallecieron de asfixia. Había que sepultar los tres cadáveres antes de la puesta del sol, pues era víspera de Pascua, y ningún muerto podía quedar expuesto.


Hemos visto que Dios Padre abomina del dolor; no desea el sufrimiento ni se complace con él. Dios comprendió que el mundo de los hombres era e iba a seguir siendo injusto. Pese al mensaje de misericordia y de perdón promulgado por su Hijo. Por eso lo mandó a una última tarea de sacrificio. Dios no se vengaría aun cuando viera lo que hacían los hombres con su Hijo. He ahí la clave del perdón de las ofensas recibidas, el camino de la paz. Si tú no respondes mal a quien te ofende, habrá paz. Si confías en la Justicia del Señor, tu Dios, tu corazón se librará del odio y será salvo.


El hombre enfermo que murió el domingo con esa droga no pudo ser asistido por nadie de su familia en sus últimos momentos. La familia hubo de ausentarse de la casa para no ser acusada de asistencia al suicidio y omisión de ayuda a un moribundo. Pero, por eso mismo, no pudo tomar su mano, hacerle caricias, transmitirle calor y aliento, hablarle. Ese hombre tuvo que morir solo. Ninguna persona debería morir en soledad, en abandono.

 

Ninguna persona debería no tener derecho a una muerte digna. Y eso incluye tanto la forma de morir, como la asistencia humana durante la muerte. Jesucristo fue confortado por su madre, llorosa al pie de la cruz. 


Pudo haberse equivocado el hombre al insinuar que su vida era suya. Los creyentes pensamos que venimos de Dios y que algún día volveremos a Él. Pero lo cierto es que, con esa enfermedad incurable y cruel, Dios ya le había sentenciado. Lo único que él hizo fue escoger una manera menos dolorosa de traspasar el umbral de la esperanza. Si hubiera tenido a Cristo a su lado, y este ni aun con todo su poder optara por sanarlo, cuando menos le habría tomado la mano y le hubiera dicho: “Aquí estoy, junto a ti”. Y es de confiar en que en esa habitación hubiera alguien más, aunque invisible a los ojos, que se haya ocupado de confortar el alma y el espíritu de este hombre que decidió dejar de sufrir.
 

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