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Domingo, 19 de marzo de 2017

Los desafíos de la era del 'Gran Hermano' tecnológico

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Desde la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump, se han disparado las ventas de 1984, la célebre novela de Orwell.

No son pocos los paralelismos entre el siniestro ministerio que en esta ficción decide e impone lo que es verdadero y lo que es falso, con esa estrategia de "hechos alternativos" del equipo del presidente de EEUU consistente en negar cosas reales y asegurar como ciertas otras que no lo son.

 

En este mundo cada vez más globalizado, nos estamos instalando peligrosamente en esa era de la posverdad en la que los hechos objetivos parecen influir menos en los ciudadanos que las apelaciones a las emociones o a las creencias innatas. La campaña del referéndum británico sobre el Brexit fue un claro ejemplo.

 

Los defensores de la salida del Reino Unido de la UE no dudaron en usar como argumentos falacias y medias verdades que muchos dieron por buenas.Pero, más allá del debate sobre lo falso y lo cierto y cómo afecta al comportamiento político, Orwell, visionario en tantas cosas, anticipó en su novela la idea del Gran Hermano, del ojo que todo lo ve, un sistema donde cualquier mínimo gesto, movimiento o pensamiento del individuo está controlado. Esa distopía hoy empieza a ser una realidad en nuestra sociedad, sin necesidad de que nos la imponga ningún régimen totalitario como el imaginado por el escritor británico.

 

La tecnología nos sitúa ante una realidad tan turbadora como inevitable: la intimidad y la privacidad ya son casi imposibles. Sin darnos cuenta, y de un modo voluntario que ejercemos como consumidores, permitimos que se sepa casi todo sobre nosotros: desde gustos y ocupaciones hasta movimientos. Una circunstancia consecuencia de los dispositivos tecnológicos incorporados a objetos de uso tan cotidiano como los smartphones, las tabletas, los ordenadores, las televisiones o incluso las bombillas.

 

Y sólo alcanzamos a intuir cómo va a ser en muy poco tiempo el llamado internet de las cosas, concepto que alude a la interconexión de toda clase de objetos cotidianos con internet, ya se trate del coche, del frigorífico o de la lavadora. Ello mejorará nuestra calidad de vida en muchos aspectos. Pero todos esos chips fijados a cada uno de los objetos que manejamos nos convierten en individuos sobreexpuestos.

 

Transmitiremos continuamente datos sobre nosotros mismos que, en el mejor de los casos, podrán ser usados por empresas de un modo responsable, y, en el peor, nos dejarán más desnudos ante el control y la manipulación. No extraña, así, que expertos hablen de que los datos personales son ya el nuevo petróleo.Las recientes revelaciones de WikiLeaks sobre las prácticas de ciberespionaje de la CIA a través de los iPhone, los Android o incluso las smart TV han puesto en primer plano de nuevo este asunto.

 

La tecnología es hoy, sin duda, una gran aliada, pero en terrenos como la intimidad nos hace muy vulnerables. Y, al mismo tiempo que somos clientes-usuarios, nos convertimos en productos. Compañías como Facebook no sólo usan las interacciones dentro de su red para crear el perfil publicitario individualizado de cada uno de sus 2.000 millones de usuarios en todo el mundo, sino que también compran datos a terceros, como pueden ser apps de reservas de viajes o de hoteles.

 

No se pueden poner puertas al campo. Pero parece claro que al trepidante avance tecnológico no le ha acompañado una suficiente regulación. En 2018, en la UE entrará en vigor el Reglamento General de Protección de Datos que introduce nuevas obligaciones para las empresas, independientemente de donde estén radicadas, que almacenen, procesen o analicen datos personales de los residentes en los Veintiocho.

 

Pero harán falta más medidas para garantizar la ciberseguridad y un uso éticamente aceptable por parte de las empresas de nuestra información, esa que suministramos a golpe de clic y que se utiliza con fines publicitarios y mercantiles.No menos importante es el desafío que representa este fenómeno para el sistema democrático. Porque hoy es más fácil la manipulación de potenciales votantes recurriendo a la posverdad. Trump, por ejemplo, debe buena parte de su éxito electoral al uso del big data.

 

Un instrumento muy útil para segmentar los mensajes más efectivos en función de los destinatarios. Pero genera pura propaganda sofisticada cuando se recurre a la mentira, convirtiéndose en una bomba peligrosa. El único antídoto sigue siendo la existencia de medios comprometidos con la información veraz y el ejercicio responsable de la ciudadanía por parte de cada individuo; porque seguimos siendo mucho más que usuarios y consumidores.

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