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Viernes, 17 de marzo de 2017

El jardín de los aullidos

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Es un hecho comprobado que el universo podemita tiene como característica fundamental el feísmo que impregna la posmodernidad, como le sucede a todos los movimientos originados en las cavernas del sistema, que precisamente esgrimen ese feísmo como arma para derribar culturas, tradiciones, y, en general, todas aquellas estructuras que consideran «burguesas».

[Img #57693]Sin embargo, a pesar de que a las turbas antisistema lo que les va es chapotear en aberrantes creaciones como el genitarte, los titirietarras, las kabalgatas, y sus delirantes exposiciones culturales ―cuyo epicentro es el Madrid Centrocentro―, también ellas tienen su minuto de arte, faltaría más, pues todo el mundo tiene derecho a que se le asocie con un cuadro, una música, una película, un poema…

 

Ya comenté en cierta ocasión que el cuadro que expresa a la perfección el mundo podemita es «El jardín de las delicias», de El Bosco. Pues bien, también hay un poema que ilustra soberanamente el delirante universo de los antisistema. O sea, que los podemitas también tienen su poemita.

 

Se titula «Howl» ―«Aullido»―, y fue escrito en 1957 por Allen Ginsberg (1926-1998), perteneciente a la tríada de autores iniciadores de la «generación beat», precursora del movimiento hippie, en la que también figuran Jack Kerouac y William Burroughs.

 

Realmente, el título de «Aullido» expresa a la perfección el contenido del poema, donde borbotea un mundo surrealista y alucinante próximo a la locura, un mundo babeliano sumido en el caos y el absurdo, y tan colmado de obscenidades y extravagancias delirantes que llegó a estar prohibido. Cualquiera que se tome la molestia de leerlo, comprobará que es un poema que refleja a las mil maravillas el perturbado mundo que «el Bosco» refleja en su «Jardín de las delicias».

 

También se comprueba fácilmente que el poema es deudor claro de «Poeta en Nueva York», de García Lorca, poeta por el cual Ginsberg sentía una confesada admiración. «Aullido» viene a ser un trasunto de «Poeta en Nueva York», pero pasado por el peyote y el LSD, drogas con las que experimentó Ginsberg.  En los siguientes versos tenemos una muestra de las puras «delicias» de un antisistema como lo fue Ginsberg.

 

«Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas, arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de un colérico pinchazo, hipsters con cabezas de ángel ardiendo por la antigua conexión celestial con el estrellado dínamo de la maquinaria nocturna,

que pobres y harapientos y ojerosos y drogados pasaron la noche fumando en la oscuridad sobrenatural de apartamentos de agua fría, flotando sobre las cimas de las ciudades contemplando jazz».

 

Más que versos, son verdaderos aullidos, ladridos, graznidos contra el sistema que tanto detestaba el poeta judío, budista y homosexual, activista de mil causas, Quijote de mil molinos. Y no me digan que «aullidos» no es la mejor palabra para definir las creaciones del universo podemita, antiéticas y antiestéticas en el fondo, y horrísonas en su forma.

 

El penúltimo aullido de esta patulea ―cuyo feísmo aullador tiene claramente sus raíces en el «okuparte» de sus patios maravillosos― es el documental «Tomboys, marimachas, trans, bedesemeras», un video demencial que incluye abracadabrantes escenas «gore» de sadomasoquismo ―confieso que no pude terminar de verlo―, cuya proyección en número de 15 a 20 veces será obligatoria en los centros culturales de Madrid por parte de la empresa que gane el concurso de licitación para el proyecto «Contratación del servicio de dinamización y desarrollo de actividades educativas, a prestar en el proyecto “World Pride 2017”», es decir, en las festividades del «Día del Orgullo LGBTI».

 

En fin, que este dokumental tan aullador podría ser perfectamente la película de cabecera del delicioso jardín podemita, del aullador poema del Ginsberg. Por cierto, al comienzo del video se recitan blasfemamente una parte de las letanías lauretanas del Rosario. ¿Hasta cuándo, Carmena, abusarás de nuestra paciencia? ¿Cuándo abandonarán los madrileños sus terraceo cervecero y plantarán cara de una vez a tanto abuso podemita?

 

Más los aullidos de la jauría podemita no sólo tienen que ver con el feroz okuparte que practican y quieren imponernos, ya que afectan a todos los ámbitos de su actuación. ¿No son acaso aullidos las broncas que montan en el Congreso, amenazando con su matonil «baja aquí, baja aquí», a los diputados que denuncian sus manejos? ¿No son aullidos el griterío con el que acosan en sus escraches ―eufemismo de «bullying» puro y duro― a quienes están en su lista negra? ¿No son aullidos en la niebla sus amenazas, sus propuestas programáticas ―tan delirantes, tan surrealistas, tan deliciosamente alcaloideas―? ¿No pueden considerarse como aullidos la increíble cantidad de mamarrachadas que sueltan por su boca cada vez que están ante una cámara de esas que tienen a su disposición las 24 horas del día?

 

Así que del «jardín de las delicias» hemos pasado al «jardín de los aullidos», sólo que esta gente no tiene jardines, sino okupatios maravillosos.

 

En ellos no son lobos aullando a la luna, pues sus retortijones aulladores se producen al pasar al lado de una iglesia, al oír el himno nacional, al ver nuestra bandera, al oír un discurso o un artículo periodístico en el cual se denuncia alguna de sus componendas, al ver algún sombrero de copa, al recordar obsesivamente que perdieron la guerra hace 80 años.

 

Y a la entrada de ese delicioso jardín de los aullidos podrían poner el famosísimo verso con el que comienza el poema de Ginsberg ―por supuesto, elimiando previamente la palabra «mejores»: «Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura».

 

Aunque mejor quedaría como epitafio.

 

 

 

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