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Sábado, 7 de enero de 2017

Con las horas contadas

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Hoy mi madre ha ido a visitar a una amiga que padece un estado terminal de cáncer. La enfermedad ha avanzado muy rápido, y el tiempo, que ella sin duda hubiera deseado estirar unas semanas, un par de meses, o incluso infinitamente, se ha acortado a pocos días; tal vez horas solo.

Toda persona teme el momento de su muerte, y cuanto más tarde llegue, mucho mejor. A menudo, cuando estamos bien, ni siquiera pensamos en ella, en la novia de blanco con la calavera y la dentadura negra, de manos finas pero huesudas, que habrá de desposarnos en cualquier minuto, pues el final puede hallarse ahí, a la vuelta de la esquina. La muerte no está a veces tan escondida. La gente optimista, como mi abuela, que por suerte vivió 101 años, pedía, cuando frisaba los cuarenta y cinco, poder ver a sus nietos y, a ser posible, casados. Mi abuelo, que vivió hasta los sesenta, le replicaba entonces, con razón: «--Tú lo que no quieres es morirte.»

 

Todos deseamos vivir para contarlo. Disfrutar con salud de una larga vida feliz. Pero lo cierto es que nacemos con una fecha de caducidad, que no necesariamente de longevidad. Cada día vemos los efectos del cáncer en personas cada vez más jóvenes, o que tendrían por delante aún varios años. Lo más terrible es ver morir a pequeños por cáncer, o por cualquier otra dolencia maligna.

 

Sentir llegarle a uno el final de la vida es un mazazo. Esas personas en fase terminal, que hace cinco meses tan solo se encontraban bien, y que ahora tienen muy poco para aceptarlo y despedirse de sus seres queridos. Cómo consolarlas si, en la singularidad de su situación, se van a tener a sí mismas y nadie les puede dar su mano para cruzar el umbral. Es un viaje, el de la muerte, que cada uno va a realizar solo, sin acompañamiento ni equipaje. Los creyentes tenemos la fe para que nos sirva de algún consuelo y fiamos de la esperanza en Dios y la vida eterna. Pero, incluso con la fe más fuerte, ningún condenado a morir permanece entero. Como sugiere José García Nieto en un soneto suyo, echamos una partida, con nuestra vida en juego, con el Señor, a quien nos es imposible ganar ni con trampas. «Pierdo mucho, Señor. Y apenas queda / tiempo para el desquite.» Y concluye rogando el poeta en el segundo terceto: «Ámame más, Señor, para ganarte.»

 

Baroja tenía ese reloj agorero donde ponía: «Cada hora hiere; la última mata.» En una vieja película muda de 1912, «Hojas caídas», Alice Guy, una de las primeras realizadoras, muestra a una niña que ha escuchado del médico que su hermana morirá antes que las hojas caigan de los árboles, tratando de sujetarlas con cordeles para que ese trágico instante no llegue.

 

El momento de vivir con las horas contadas es único para cada desdichado que lo sobrelleva. Jesucristo encarnado en hombre fio en Dios Padre para que le diera ánimo ante el sufrimiento y la próxima muerte. Viviéndolo desde fuera, solo podemos rezar por la persona convocada al trance, y que este pase para ella (y para todos) lo antes posible y con el mínimo dolor. Dirigirle palabras de consuelo y tomar su mano, que tanto la buena lengua como el tacto curan y reconfortan. Ni acariciar el final de esa postrer partida / a las puertas de la muerte; / no nacida aún, mas en hálito presente. / Esa mirada ausente / del que siente su corazón frío. / Ese débil palpitar sombrío / que corona a nuestra Dueña sin remedio, / y ese descubrimiento tardío / de lo que habrá después del sueño: / Si ese Jesús vivo y amigo, / siempre mío, / o esa agonía de Cristo eufórica, / fogosa, impía y sin sentido. 
 

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