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Martes, 3 de enero de 2017

Una cabalgata libre de política

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La llamada «política de cercanía», basada en que todo ciudadano es un potencial objeto de la asistencia social y, por lo tanto, necesita ayuda, corre el riesgo del intervencionismo sobre la vida de las personas, sin tener en cuenta que la política gobierna sobre las cosas –poner los medios para hacer una vida mejor–, pero no sobre las personas y sus creencias.

La libertad de conciencia es un principio básico en las sociedades democráticas y se fundamenta en el hecho de que deben respetarse las ideas y costumbres que no atenten contra la vida y la dignidad humana. La izquierda radical que ha irrumpido de la mano de Podemos y sus franquicias con la idea de cambiarlo todo, aunque sea por modos más retrógrados, ha tenido por primera vez la oportunidad de aplicar su programa en ciudades y capitales de importancia, como Valencia, Zaragoza, La Coruña, Barcelona y Madrid, entre otras. De entrada, hemos comprobado que en vez de ocuparse de asuntos materiales que afectan al bienestar de las personas (movilidad, limpieza, habitabilidad, seguridad), y que es lo que realmente puede mejorar la política, han dado vía libre a una pulsión muy autoritaria de cambiar tradiciones que consideran expresión del «capitalismo», el «consumismo burgués» o, sencilla y llanamente, la religión católica.

 

Se han centrado de manera obsesiva en determinadas festividades del calendario religioso de gran arraigo, como la Navidad y Reyes, como no podría ser de otra manera. En estas últimas celebraciones han ensayado su ya vieja «ingeniería social», como ha demostrado Ada Colau en Barcelona con su interpretación «performática» del Belén, o Manuela Carmena en Madrid con su cabalgata más propia de un carnaval multicultural. Para este año, ha anunciado «innovaciones que contribuyan a su evolución». Esta guerra ideológica llamó la atención de la prensa internacional, que reparó en el hecho nada anecdótico de que Podemos prefiera entrar en polémicas sobre cómo cambiar una inofensiva cabalgata a cumplir su publicitada «agenda social», de la que nada sabemos. Sin embargo, no hay acontecimiento social y cultural que no sea supervisado por los comisarios políticos de Podemos.

 

Uno de los anuncios más sonados de Carmena cuando llegó a la alcaldía fue que quitaría los asientos reservados en la cabalgata y los pondría a disposición de personas necesitadas. Nadie va a criticar ese gesto, pero intuíamos en él la demagogia que ahora sí podemos comprobar abiertamente: Manuela Carmena permitirá el sistema de palcos «vip» a disposición de empresas y al precio de 30.000 euros el enclave, para regalo de los que considere a bien. Ya sabemos que el populismo –la palabra de moda el año pasado– no busca tanto ayudar a quien lo necesita como señalar con el dedo al supuesto responsable de la injusticia. Es la estrategia de dividir la sociedad en dos. Pero Carmena sabe –y ahora como alcaldesa no lo debería olvidar– que Madrid siempre ha sido una ciudad abierta y tolerante, que ha superado las diferencias políticas con sabiduría sin rehuir al debate, que ha vivido con orgullo esa no pertenencia al club de los territorios con derechos históricos y que tiene, por lo tanto, muy asumido en su raíz de tierra de acogida.

 

España necesita a políticos que unan y no que dividan y sería imperdonable que un acontecimiento como la cabalgata de Reyes se convierta en la cita anual con la que Podemos demuestre su poder simbólico para cambiar las cosas. Como alcaldesa de Madrid, en manos de Manuela Carmena está impedir que algo que es de todos deje de pertenecer al conjunto de la ciudad.

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