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Martes, 3 de enero de 2017

Un año decisivo plagado de incertidumbres

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Se suele achacar a los economistas que sólo predicen con acierto el pasado. Lo cierto es que, ironías aparte, en un mundo cada vez más globalizado, con desafíos que nos sumen en la más absoluta incertidumbre, tanto en el terreno político como en el económico es muy difícil pronosticar qué va a ocurrir pasado mañana. Con todo, no es aventurado decir que 2017 está llamado a ser crucial en asuntos geopolíticos trascendentales.

Así, por ejemplo, se van a redefinir el rumbo y hasta los objetivos a medio plazo de la UE. Las elecciones en países como Holanda, Francia y Alemania -a los que presumiblemente se sumará Italia- demostrarán hasta qué punto ha arraigado el populismo. La pujanza de formaciones xenófobas y antieuropeas pone en jaque el proyecto comunitario y, si ven cumplidas sus expectativas, el proceso de integración sufrirá un fuerte revés.

 

En Holanda, que celebrará legislativas en marzo, las encuestas auguran la victoria del Partido de la Libertad, de extrema derecha. Su líder, Geert Wilders, suma cada día nuevos adeptos con sus mensajes de odio racial y sus promesas de cierre de las fronteras a los inmigrantes o de abandono del euro. En Alemania, donde, tras el verano, también habrá elecciones, parece inevitable que un partido de ideología neonazi se cuele en el Parlamento federal por primera vez desde la II Guerra Mundial. Algo absolutamente inquietante. En medio, Francia celebrará sus presidenciales, oportunidad que el Frente Nacional pretende aprovechar para experimentar una importante subida. Aunque el sistema a doble vuelta presumiblemente impedirá a Marine Le Pen alcanzar El Elíseo.

 

En paralelo, Bruselas ha de comenzar en primavera la negociación del Brexit con Londres en medio del mar de dudas que generan la indefinición y la guerra abierta en el Gobierno británico sobre el tipo de relación a mantener con la UE en el futuro. Si los más duros se imponen, todos -tanto el Reino Unido como los Veintisiete- podríamos quedar dañados, sobre todo en lo económico. Ahora bien, Bruselas no puede ceder en las líneas rojas del pliego de condiciones a Londres para ahuyentar todo efecto dominó que el Brexit pudiera tener en otros estados miembros en los que se piden similares consultas sobre la permanencia.

 

Está claro, pues, que resultados electorales y la capacidad negociadora de las autoridades comunitarias marcarán en 2017 el futuro del proyecto político europeo. Pero, más allá, tras un largo periodo de aletargamiento, con una absoluta ausencia de liderazgo, Europa no se puede permitir seguir de brazos cruzados, como viene haciendo ante desafíos como la crisis de los refugiados. Corresponde a los Veintiocho mover ficha, tomar la iniciativa y replantear con urgencia el edificio comunitario, para salvaguardarlo. Es, además, la única forma de plantar cara al populismo.

 

El reforzamiento de la UE también es esencial ante los otros dos principales retos del 2017. El primero, los coletazos de la crisis económica. Todos los indicadores reflejan que lo peor de la recesión está superado, pero el crecimiento y la recuperación de algunos estándares del bienestar son hoy la asignatura pendiente, amén de circunstancias que hay que afrontar como el rescate bancario italiano. El BCE, por lo pronto, ha dado señales de que hará todo lo posible por mantener los tipos de interés prácticamente negativos hasta finales de año, pero ya preocupan los efectos de las subidas que se esperan en EEUU.

 

El segundo reto, este global, es mucho más complejo y dramático: el terrorismo yihadista. Europa, como el resto del mundo, permanece en alerta máxima tras los brutales zarpazos asestados por el Estado Islámico en los últimos tiempos. El mismo 2017 ha arrancado con un terrible atentado en Estambul, con 39 muertos. A la mejora de la lucha antiterrorista en nuestras fronteras habrá que seguir sumando el combate contra el IS en el terreno, sobre todo en Irak y Siria. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca podría traducirse en un cambio de postura muy relevante sobre Oriente Próximo. Un acercamiento entre Washington y Moscú, hasta ahora imposible, se traduciría en el mejor de los casos en una estrategia internacional única y coordinada tanto para combatir al IS como para intentar poner fin a la guerra siria. Eso sí, con el riesgo de que ello comporte un cierto repliegue aislacionista de EEUU, muy defendido en campaña por Trump, que conllevaría inquietantes desequilibrios en el tablero regional.

 

Es, sin duda, la Presidencia de Trump el factor que más incertidumbre provoca en todo el mundo. Pero especular sobre sus pasos nos sitúa en ese terreno de las predicciones que, como decíamos al principio, resulta demasiado aventurado.

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