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Sábado, 31 de diciembre de 2016

El show de Truman Benítez

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Pues la película de hoy se llama «El show de Truman», un film de 1998, dirigido por Peter Weir y protagonizado por Jim Carrey, en el cual se narra, como si fuera un «reality show», la vida en directo ante las cámaras de televisión de Truman, sin que la víctima sea consciente de esta obscena filmación, que arranca incluso desde antes de su nacimiento, filmación que se desarrolla en un gigantesco set decorativo, llamado «Seahaven» ― «refugio en el mar»―.

[Img #54952]«Madridhaven» podría llamarse el terrorífico escenario por el que me he visto obligado a conducir estas Navidades, por motivos familiares, porque es bien sabido que, ante las turbamultas y aglomeraciones en las calles madrileñas en estas fechas, soy de los que no ponen un pie en los madriles hasta que se ha retirado de sus calles el último caramelo de la cabalgata ―o «kabalgata», vaya usted a saber―.

 

Sí, quizás sea un poco paleto y no acabo de entender los indescifrables códigos que regulan el tráfico en las calles de la capital, sin embargo yo, a diferencia del Truman de la película, he tenido claro desde un comienzo que mi vida estaba siendo filmada con nocturnidad y alevosía, mediante una obscena orgía de cámaras, radares y policías, que parecían tomarme la matrícula a cada metro que avanzaba, a cada esquina que doblaba.

 

Sentía con horror e indignación que estaba siendo abducido por un terrorífico «Gran Hermano», luchando desesperadamente por sobrevivir a una avalancha de multas en la isla «Madridhaven», peleándome desaforadamente con una tecnología «deluxe» que me perseguía implacable con su ojo maldito y polifémico, con sus lobos de colmillos afilados que se relamían pensando en las multas que me iban a caer. Por eso, a cada calle que salvaba como si fuera una pantalla de un videojuego, rezaba: «¡Oh, Dios mío: sálvame!».

 

Fue así como me aprendí de memoria carteles y señales, y llegué incluso a preguntar a los vecinos en la barra de algunos bares si podía circular por allí o por allá, que dónde estaba el frente, que si habían visto algún Wally con cara de policía por aquellos andurriales. La mayoría, al enterarse de que era nada más y nada menos que Truman Benítez quien preguntaba, me echaron un Capote que ni el de Manolete. Y puso a conciencia esta imagen, para dar por saco a los carmenitas que con tanto frenesí amenazaban con caer sobre mí como los geos, como orcos desatados, para acribillarme a multas.

 

Si a esto le añadimos el apocalipsis de las restricciones del tráfico con que la Carmena nos ha felicitado las Navidades ―en espera, eso sí, de la posible jalouniesca kabalgata de Merlines con que nos amenaza―, me vi a veces completamente atrapado, como un Rambo de saldo y todo a cien, con tentaciones de llamar a la NASA, y de suplicar a mi satélite que hiciera de buen lazarillo y me sacara de aquellos agujeros negros, de aquellas trampas y barricadas, de aquella conspiración siniestra que se abatía sobre mí a cada paso.

 

Recordé entonces el título de la legendaria novela de un tal Truman Capote, titulada «a sangre fría», la sangre típicamente podemita, aunque en mi caso hubiera podido llamarse «a gasolina fría», dado el pánico y el sudor frío que sentía al circular por esos laberintos videovigilados.

 

Además de ser un show, Truman es también el nombre de un delirio esquizofrénico que ha afectado ya a más de un paciente. Joel Gold, psiquiatra del «Bellevue Hospital Center», reveló cinco casos de este síndrome en 2008, consistente en que los pacientes creen vivir dentro de un show de televisión. El caso de que uno de ellos escaló la Estatua de la Libertad, en la creencia de que, como parte del show, se reuniría allí con su antigua novia del Instituto. Pobres, no saben que quien está allá arriba es la Carmena, que sube allí en bicicleta o escalando, quién sabe. Eso sí, donde está ella no pueda hablarse propiamente de libertad, especialmente si hablamos de tráfico.

 

En fin, que entre tanta señal cartel de prohibiciones y amenazas de multas, entre tantas cámaras de vigilancia, radares, barrikadas, policías, etc., ―además de buscar desesperadamente, al igual que hacía Jim Carrey en la película, un cartel donde dijera «Salida»― me puse a pensar en el caso del señor al que le pusieron una multa por circular a 41 km/h, cuando la señal de la calle por donde iba limitaba la velocidad a 40 km. Le tocó apoquinar 50 € del ala. Cuando me enteré de este esperpéntico hecho, no pude por menos que pensar que a una blasfema asaltacapillas la condenaron a pagar 4.000 eurillos de nada, que le han sido perdonados al haber quedado absuelta en segunda instancia. O sea, que sobrepasar 1 km un límite de velocidad es mucho más grave que amenazar con quemar católicos a la vez que se profieren obscenas blasfemias.

 

También sale gratis quemar fotos del rey, romper constituciones, mearse en la calle, pervertir niños con genitartes, procesionar coños insumisos, especular con VPO, esconder dinero a Hacienda, y tantas otras fechorías de cuño podemita.

Ante estas barrabasadas, me hago una pregunta millonaria: ¿Este aquelarre de multas que nos espera hay que añadirlo a los 70 € de media con que la Carmena va a subir los impuestos a los madrileños? Esta vorágine de multas ¿es otra manera de subir los impuestos?

 

Y, también como el Truman de la película, finalizo con la frase que usaba como muletilla: «Y, por si no nos vemos, ¡buenos días, buenas tardes, buenas noches!».

 

¡Y feliz año, por supuesto!

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