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Jueves, 29 de diciembre de 2016

El populismo o el peligro de la democracia sin intermediarios

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Uno de los efectos más disolventes del populismo es su aspiración política a sustituir la democracia representativa por otra que suelen definir como total o directa.

Es decir, una democracia auténtica donde los gobernantes estén sometidos sólo al control de los gobernados, sin organismos ni instituciones intermediarias, ya sean éstas públicas o privadas. Y este discurso populista, revestido con una retórica trufada de referentes utópicos, no deja de ganar adeptos en todo el mundo a pesar de que sus líderes se comportan como auténticos demiurgos visionarios capaces de interpretar y satisfacer los deseos del pueblo.

 

A través del desprestigio de la clase política, a la que acusan de corrupta, y el menosprecio del papel de la prensa libre, a la que tildan de manipuladora, los líderes populistas se presentan como los únicos que se atreven a desvelar la tramoya oculta de un sistema que no aspira a la verdad ni a la justicia, sino sólo a favorecer a los poderosos frente a los débiles, a los ricos frente a los pobres, a los nacionales frente a los extranjeros... Por eso, para legislar prefieren los plebiscitos a los parlamentos y les gusta ser jaleados por sus seguidores en las redes sociales antes que someterse al control de los profesionales de los medios de comunicación.

 

Los referéndums británicos sobre la independencia de Escocia y la salida de la UE, por un lado, y la constante utilización de Twitter o Facebook como herramientas políticas son dos ejemplos en los que, respectivamente, la consulta popular suplanta la legitimidad de la democracia representativa y las redes sociales sustituyen al periodismo. Pero esta eliminación de los controles democráticos no puede desembocar sino en una forma autoritaria y opaca de gobernar. Para el populismo sólo tiene valor lo cuantitativo, expresado en una suma de deseos continuos reflejados en las redes sociales y procesados estadísticamente. Desprecian, en cambio, el elemento cualitativo de las democracias avanzadas, donde el equilibrio de los poderes está garantizado gracias a la formación y competencia de los funcionarios y representantes públicos y a la función de control de una opinión ciudadana formada e informada libremente a través de medios independientes.

 

El ejemplo más representativo y preocupante de esta nueva forma de hacer política es Donald Trump. Aún no ha tomado posesión como presidente de EEUU y ya ha dejado claro cuál va a ser su estilo. Desde el mes de julio no ha ofrecido ninguna rueda de prensa con presencia de periodistas que puedan hacerle preguntas o ponerle en algún aprieto pidiéndole explicaciones o detalles de algunas de sus decisiones. Tampoco ha comparecido ante la prensa, cuya labor desprecia profundamente, para anunciar nombramientos, hacer propuestas políticas o explicar cuestiones económicas o de relaciones exteriores.

 

En cambio, cada vez son más los mensajes y las conversaciones que mantiene con los 39 millones de seguidores que tiene entre Twitter, Facebook e Instagram. De esta forma, pretende evitar el juicio crítico de los periodistas y cree saber de primera mano cuáles son las opiniones de los estadounidenses para ganarse su apoyo ofreciéndoles soluciones fáciles y maniqueas a problemas complejos que no pueden solventarse a golpes de ocurrencias. También, con sus polémicas gratuitas distrae a la opinión pública para monopolizar el debate y exagerar u ocultar temas en función de sus propios intereses. Pero es que, además, sus tuits son el reflejo de una personalidad excéntrica, insultante y polémica.

 

Para Trump es más importante contentar a sus followers que los posibles perjuicios que esta forma de hacer política comporta a nivel diplomático, económico o político. Identificando su persona y sus opiniones con la postura oficial de EEUU no hace sino debilitar la democracia al despreciar al resto de organismos e instituciones que conforman el complejo engranaje de un Estado de Derecho. Durante los últimos tres años, tal y como explicó en estas páginas nuestro colaborador Ahmed Rashid, tanto los militares como el Gobierno civil de Pakistán han sustituido sus comparecencias públicas por mensajes en las redes sociales, a través de las cuáles emiten todas las comunicaciones oficiales, ya sean de política exterior o de guerra contra el terrorismo.

 

El resultado es un régimen oscurantista, censor y despótico que desprecia a su población. Salvando las distancias, porque EEUU es una democracia consolidada que podrá corregir las derivas de Trump, lo cierto es que la eliminación de intermediarios democráticos es el signo más claro de una concepción populista y demagógica de la política.

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