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Jueves, 29 de diciembre de 2016

La cadena invisible

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Cuando termina una película, salen los créditos finales y la sala aún no se ha vaciado, unas tenues figuras con camisolas se deslizan silenciosamente entre las filas de butacas para recoger los restos de palomitas y de vasos vacíos.

Apenas percibimos su presencia, pues o vamos al baño, o salimos a la calle. Pero están ahí, en nuestra retaguardia, y a la vanguardia del público de la siguiente sesión.

 

Son las limpiadoras, las mujeres que adecentan lo que nosotros, inmersos en nuestra distraída diversión, ensuciamos descuidadamente (como si no costara limpiarlo). Forman esa cadena invisible contra el abandono trivial de basura. En realidad, no reparamos en ellas, no damos importancia a su trabajo. Son esas mujeres cualquiera que solo sirven para limpiar los despojos. Esas mujeres, quizá con preparación elemental, que han nacido para la banda de la escoba y el recogedor. Que se inclinan mudas entre las sombras para escudriñar las tapicerías y la moqueta. Y, sin embargo, nos están evitando la incomodidad de sentarnos en una pocilga, y nos hacen placentera nuestra visita al cine.

 

Del mismo modo, hay otra cadena invisible que se esfuerza entre los pucheros de los comedores sociales. Y otra más que empaqueta productos a marchas forzadas por hora en una fábrica. Son mujeres que realizan su labor silenciosa y anónimamente, sin despertar la atención, sin que nos acordemos de ninguna de ellas. Mujeres de espalda y vértebras castigadas, de hombros molidos, de manos encallecidas y laceradas. Obreras subcontratadas por horas, abocadas a la acción mecanizada. Abejas que construyen las celdas del panal y liban el néctar de la mejor miel, que otros llevarán a la comisura de sus labios, mimados por el caviar y el oporto, las angulas, las ostras y las trufas naturales.

 

Mujeres obreras de cometido necesario, pero jamás reconocido ni recompensado; poetisas noveles dentro del tupido organigrama social, cuya tarea no será ni pública ni elocuente. Son los silentes eslabones humanos y resignados de una gran cadena invisible, tan necesaria como el agua y la sal, pero tan solapada como el orgullo y el prejuicio.
 

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