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Martes, 27 de diciembre de 2016

En Podemos sólo se dirime una agresiva lucha de poder

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A PESAR de los llamamientos al diálogo y de los mensajes tranquilizadores que pretenden presentar las diferencias entre Errejón e Iglesias como un debate de ideas, lo cierto es que en Podemos se está dirimiendo una agresiva lucha por controlar los resortes del partido.

Pocas dudas caben ya de ello tras haber presenciado la campaña de desprestigio contra el todavía número dos de la formación lanzada el día de Nochebuena por los fieles al secretario general, que llegaron incluso a crear en las redes sociales la etiqueta #ÍñigoAsíNo.

 

Aunque dirigentes como Pablo Echenique, secretario de Organización, e Irene Montero, jefa de gabinete de Iglesias, se han desmarcado de la autoría del hashtag, a nadie dentro del partido se le escapa que se ha iniciado una operación de acoso y derribo contra Errejón y sus seguidores, cuyo objetivo es desplazarlos de los puestos de responsabilidad en los órganos de dirección.

 

Como en otras ocasiones, los movimientos comenzaron en Madrid, banco de pruebas donde se libran las batallas más abiertas de la formación. El día 23, el Consejo Ciudadano de Podemos, liderado en su mayoría por pablistas, destituyó al portavoz de la Asamblea de Madrid, José Manuel López, afín a Errejón y que fue elegido para ese cargo a través de un proceso de primarias.

 

Para sustituirlo, Ramón Espinar, secretario general de la formación en Madrid, eligió a la diputada regional Lorena Ruiz-Huerta, alineada con el sector anticapitalista que facilitó que el propio Espinar, acusado de especular con una vivienda de protección oficial, ganase las primarias del partido en la capital.

 

Es decir, se trata de un favor que la facción de Pablo Iglesias devolvió en forma de cargos políticos para garantizarse el apoyo de este sector radical en sus aspiraciones a monopolizar en solitario el poder en Podemos.

 

Tras este antecedente, el día 24 se desató la furia contra Errejón en las redes sociales. Sin duda, nos encontramos ante un venganza del secretario general, Pablo Iglesias, por haber fracasado en su primer intento de laminar a Errejón en la votación interna organizada de forma apresurada para establecer las reglas del congreso de Vistalegre II. Iglesias se tuvo que conformar entonces con un resultado bastante pobre, que evidenciaba que Errejón cuenta con un amplio respaldo de las bases.

 

Su intención, siguiendo el modelo de los viejos partidos comunistas, cuyos líderes no se conformaban con vencer a sus contrincantes, no es otra que la de asestar un duro golpe que provoque el doblegamiento de Errejón y sus seguidores a la estrategia de Iglesias.

 

En este ataque ha actuado con especial beligerancia el secretario de Organización, Pablo Echenique, que en lugar de mantener la imparcialidad que le exige su cargo, se ha decantado abiertamente por Iglesias. Echenique ha justificado el ataque con el argumento de que «había que dar un toque de atención» a Errejón para evitar poner en peligro «la continuidad del proyecto». Muchos militantes del partido han pedido ya su dimisión por haber hecho una campaña de «bullyng barato» y haber manipulado el debate en favor de su mentor Pablo Iglesias.

 

También Irene Montero ha respaldado el ataque a Errejón encubriendo como «una llamada a la responsabilidad» lo que no es sino una campaña de desprestigio infundada. Porque los que se están comportando de una forma bastante irresponsable son los dirigentes pablistas, empeñados en dar un espectáculo impropio de un partido que se presentó ante la opinión pública como una fuerza regeneradora comprometida con las prácticas antidemocráticas de la vieja política. Tiene razón Rita Maestre, portavoz del Ayuntamiento de Madrid y encuadrada en la facción de Errejón, que con esta disputa nadie sale ganando.

 

Ni el secretario general, cuya imagen queda ya asociada a la de un líder sin escrúpulos capaz deslegitimar a su hasta ahora colaborador para mantenerse en el poder; ni al partido, cuyas bases no entienden esta maniobra tan poco ejemplar que impide centrarse en lo que debería ser el principal objetivo de Podemos: una acción política de oposición constructiva y democrática.

 

Desde la celebración de las últimas elecciones, en las que la formación morada pretendía dar el sorpasso al PSOE, Pablo Iglesias está actuando de manera errática intentando convertir el partido en una organización centralizada y con poca participación de las bases. Pero si Podemos aspira a jugar un papel políticamente relevante, debe abandonar esta tendencia autoritaria y trabajar en un verdadero proyecto integrador.

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