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Lunes, 26 de diciembre de 2016

La vuelta a Madrid en 80 mundos

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Después del eximio Willy Toledo ―mundialmente conocido por sus defecaciones, según el libro Guinness―, otro Willy famoso es Willy Fogg, aquel Indiana Jones de Julio Verne que circundó el mundo en 80 días.

[Img #54826]Seguro que no habría conseguido culminar su hazaña si se diera hoy una vuelta por los madriles, cuyas calles, cruelmente cortadas al tráfico en sus arterias principales, le atraparían días enteros con sus noches, impidiéndole cumplir con el plazo de su apuesta.

 

En estas Navidades hemos tenido una prueba palpable de otra de las obsesiones de la abuelita roja y su cohorte de okupas: fastidiar a los madrileños sometiéndoles a unas dantescas encerronas de tráfico, terror de los GPS, y apoteosis de los bicicleteros y footineros.

 

Y es que de lo que se trata es de ser modernos, oiga, de tomar la calle, ya sea con manis, con escraches, con asambleas, con maratones, bicis o coños insumisos. Relegados al gallinero del Congreso, esta chusma, para no perder protagonismo mediático, se apunta a un bombardeo, sacando a relucir ahora su maravilloso ecologismo, excusa para someter a los sufridos madrileños a la mayor tortura que se recuerda en esta capital en su período democrático, después del fatídico 11M. En el fondo, no son originales, ya que su consigna la había inventado hace muchos años el insigne Fraga Iribarne: «La calle es mía».

 

Pues se me ocurrió bajar al centro en la mañana de Navidad, y de repente me vi convertido en un Ulises homérico intentando desesperadamente regresar a su querida Ítaca en medio de un apocalíptico laberinto de barrikadas, agentes de movilidad con aspecto de Polifemos, vallas, furgones policiales, y parpadeantes luces. Imaginé entonces a la siniestra Gorgona Carmena, conspirando contra mí para hacerme perder el norte y el sur, para esconder mi Ítaca en algunos de sus inframundos.

 

Pero reconozco que la encerrona me sirvió para vivir sorprendentes aventuras, totalmente desconocidas para mí en un Madrid desde el que siempre había vuelto a mi casa sin novedad, y eso que creía conocer bien mi ciudad. Pero, al ver tanta barricada, me sentí absolutamente perdido, como un náufrago braceando desesperadamente en un mar embravecido, como un Laure Madridwalker luchando denodadamente por huir de la maligna atracción de la Estrella de la Muerte. Totalmente enloquecido mi GPS ante aquel caos, pensé muy seriamente en la posibilidad de dar un salto al hiperespacio, a ver si así podía escapar de aquella trampa mortal.

 

Y así, apretados los machos, estupefacto y cabreado, emprendí un incierto viaje hacia lo desconocido: a mi derecha, la autopista transamazónica; a mi izquierda, la transiberiana; y, al frente, como le sucedía al pirata de Espronceda, Estambul.

 

Por un momento, rogué a la estrella de Belén que me marcara el camino hacia mi portal, con lo cual también asumí el papel de Melchor. Y, como también tuve la sensación de que estaba metido en un infernal videojuego de esos en los que tienes que ir superando portales, me llegué a creer la mismísima Lara Croft en su Tomb Raider.

 

Como ven, aparte de dar un rodeo por 80 mundos, asumí también el papel de 80 personajes. Sí, ¡qué mañana la de aquel día! Y es que, como ya dije en cierta ocasión, «Señoras y señores, estoy muy harto y no puedo soportarlo más».

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