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Miércoles, 21 de diciembre de 2016

El portazo de Aznar certifica la brecha ideológica en el PP

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A menos de dos meses de la celebración del próximo congreso del PP y tras una disputa ostensible entre su partido y la fundación Faes, que preside, José María Aznar anunció ayer que deja de ser el presidente de honor del partido que comandó durante casi tres lustros.

El ex presidente del Gobierno comunicó su decisión a Mariano Rajoy y después hizo público un comunicado en su página web, donde matizó que no se ha dado de baja como militante. Y ello significa dos cosas. Primero, que Aznar ha querido dejar claro que su compromiso con la formación que contribuyó a llevar a La Moncloa sigue siendo nítido. Y, segundo, que los motivos que le han movido a esta renuncia se deben, básicamente, a la distancia personal y política tanto con Mariano Rajoy como con el PP que éste ha moldeado.

 

La renuncia de Aznar, por tanto, supone fundamentalmente la ruptura con Rajoy. Pero a nadie que no sea ajeno a este partido le puede sorprender esta decisión. No sólo por la evidente lejanía que se había larvado entre ambos dirigentes, sino por el divorcio entre el PP y Faes, materializado hace dos meses. Precisamente, la independencia de la fundación que lidera Aznar ha liberado de ataduras su discurso hasta el punto que, tal como publicó EL MUNDO el pasado lunes, fuentes de la entidad explotaron contra el PP para remarcar la intransigencia de la dirección popular con las críticas de think tank de Aznar en cuestiones como Cataluña, la presión fiscal o Cuba. En este sentido, su portazo a Rajoy puede ser calificado de coherente, aunque -tal como ayer recordó Moncloa- no ha aclarado los motivos de este paso.

 

Aznar fue elegido presidente de honor hace cinco años, en el último congreso del PP. A pesar de que fue él quien designó a Rajoy para tomar las riendas del PP, y pese a su ascendencia entre las bases y los cuadros de este partido, Aznar nunca dio muestras de asumir con comodidad un cargo que, forzosamente, exige disciplina hacia el presidente ejecutivo. Los reproches a la estrategia fijada por Rajoy, de manera más o menos velada, han sido constantes hasta consumar la separación.

 

En el congreso del PP en Valencia, en 2008, tras la segunda derrota electoral de Rajoy, Aznar pronunció un durísimo discurso que pudo leerse como una enmienda a la totalidad de la acción política de su sucesor. Saludó fríamente a Rajoy a su entrada al plenario donde se celebró este cónclave y, tras advertir de los riesgos de un giro al centro, exigió a su partido recuperar la contundencia con un discurso firme en cuestiones como el terrorismo de ETA o la reforma del Estatuto catalán.

 

Ahí comenzó a abrirse una brecha que, lejos de taparse, fue creciendo con la llegada de Rajoy a la Presidencia del Gobierno. En plena tormenta por el caso Bárcenas, Aznar llegó a dejar en el aire su vuelta a la política, reveló que hablaba poco con Rajoy y pidió al Gobierno "un proyecto claro". La realidad es que nunca ha ocultado su malestar con la línea ideológica de Rajoy, tanto en el partido como en el Gobierno. Con especial virulencia rechazó la subida de impuestos en 2011, así como el giro emprendido con Cataluña. De hecho, las recientes declaraciones de Sáenz de Santamaría, en las que tachó de error la estrategia del PP con el Estatut, pueden considerarse el detonante del adiós de Aznar.

 

El PP, con ocho millones de votantes y 800.000 afiliados, es el principal partido de España. Tanto Aznar como Rajoy, dos líderes sólidos al margen de sus estilos personales opuestos, han contribuido a la consolidación del centroderecha como primera fuerza política en nuestro país. La renuncia de Aznar hace un flaco favor a su partido en un momento en el que la oposición se encuentra desnortada y dividida. Sin embargo, lo cierto es que el gesto de una figura del peso del ex presidente subraya la necesidad que tiene el PP en el congreso de febrero de cerrar las heridas internas. Para lograrlo, resulta imprescindible que fije una posición política nítida, con un cuerpo ideológico capaz de satisfacer al centro pero también a aquellas facciones que exigen una mayor determinación en asuntos estratégicos como el desafío soberanista, la reforma fiscal y la política exterior.

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