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Lunes, 19 de diciembre de 2016

Venezuela, sumida en la crisis de los bolsillos vacíos

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Hemos visto muchas veces en televisión las imágenes de la Alemania de los años 20 con ciudadanos llevando en carretillas montañas de billetes que apenas daban para comprar una barra de pan. Es fácil imaginar la angustia que generó la superinflación descontrolada en un país recién salido de la Primera Guerra Mundial. Sin ánimo de establecer un paralelismo, porque el contexto y las circunstancias históricas son bien distintas, produce igualmente zozobra lo que está ocurriendo en los últimos días en Venezuela con la que ya se ha dado en llamar la crisis de los bolsillos vacíos.

Los venezolanos, tras varios años sufriendo los peores estragos económicos en décadas, con desabastecimiento de los productos básicos, la mayor inflación del planeta -los precios acabarán este 2016 con una subida en torno al 750% - y un 33% de los hogares por debajo del umbral de la pobreza, se encuentran ahora a punto de quedarse sin dinero en metálico, y eso que hacen falta fajos de billetes para una sencilla compra.

 

Venezuela es un país sumido en el caos. Y, con cada decisión que toma el Gobierno de Maduro, la situación no hace sino agravarse. El presidente bolivariano decretó días atrás el fin de la circulación del billete de 100 bolívares -al cambio, unos 14 céntimos de euro-, el de mayor uso en el país. Ayer tuvo que dar marcha atrás y permitir que se siga usando hasta el 2 de enero, porque la decisión ha generado una absoluta falta de liquidez y una sensación de pánico en el conjunto de la población.

 

Hasta que Maduro reculó, las protestas se habían extendido en todo el país. Un sinfín de establecimientos comerciales habían sido saqueados y varias entidades bancarias, incendiadas. Los disturbios eran de tal gravedad que sólo el viernes murieron tres personas en una reyerta provocada por el desabastecimiento y la imposibilidad de conseguir dinero. Porque, con la misma negligencia y desesperación que está caracterizando toda la política económica del régimen venezolano, el Gobierno adoptó la decisión para luchar contra el blanqueo y las redes de contrabando que operan, sobre todo, en las zonas fronterizas con Colombia y Brasil, pero no previó que ello provocaría el caos total ante la falta de moneda sustitutiva.

 

Maduro está instalado en una huida hacia adelante perpetua. Y trata de enmascarar su incompetencia denunciando conspiraciones de todo tipo. Es una estrategia muy habitual de todos los dirigentes autoritarios cuando se encuentran en dificultades. Así, el mandatario venezolano atribuyó ayer a un "sabotaje internacional" el hecho de que no hayan llegado todavía al país los aviones con los nuevos billetes. Y a la vez acusó, como siempre, a los partidos de la oposición, de promover los disturbios para desestabilizar las instituciones. Todo para no asumir responsabilidades por una nueva crisis que ha llevado a millones de venezolanos estos días a hacer colas durante horas para intentar cambiar los billetes de 100 bolívares en los bancos. Y que ha dejado sin circulante a las entidades financieras, que estas últimas jornadas sólo podían dar a sus clientes unos 2.000 bolívares, que apenas dan para comer una sola arepa y beber un zumo y un café.

 

Pero es el propio Maduro el que se ha quedado ya sin crédito alguno. Su popularidad ha caído hasta el 19,5%, una de las notas más bajas entre los dirigentes de toda Latinoamérica. Los venezolanos están hartos de que el régimen sea incapaz de aprovechar la oportunidad de diálogo que algunos sectores de la oposición -mayoritaria en la Asamblea Nacional- le han brindado para tratar de acabar con la gravísima crisis política y económica en el país. Y no aguantan más tener que hacer colas diarias ante establecimientos con las estanterías medio vacías, viendo como la desnutrición es ya uno de los mayores problemas sociales.

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