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Jueves, 15 de diciembre de 2016

Despertar a la sociedad civil

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"En España no hay xenofobia ni odio al extranjero ni partidos de ultraderecha como sucede en muchos países de Europa". Lo decían Francesca Friz-Prgruda, la presidenta de ACNUR España y el abogado Antonio Garrigues Walker en la inauguración del Congreso de Derechos Humanos que organiza la Fundación Abogacía Española.

En Holanda, Francia, Inglaterra, Hungría, Alemania, donde sólo la fuerza amenazada de Merkel sostiene al millón de refugiados que se concentran allí, y en otros países avanza el rechazo y crece el odio. En España, no, pero si nos pusieran en el brete de tener que admitir, como Grecia, como Alemania, como Austria a cien mil, doscientos mil refugiados o más, tal vez esa imagen de ciudadanos solidarios se podría romper. Canadá es el extremo positivo: tan lejos y tan abierta a la integración de decenas de miles de refugiados.

 

De momento no hemos sido capaces de admitir entre nosotros ni a esos 16.000 a los que se comprometió el Gobierno español. Apenas han venido unos cientos y el problema está latente, vivo, pendiente de que un día Turquía decida abrir sus fronteras e "invite" a salir a los refugiados que están allí aparcados y por los que paga la Unión Europea.

 

En el Congreso se proyectó un video impactante, un trallazo de realidad, "Idomeni, sin refugio", del periodista Dani Campos y comentado también por una de sus protagonistas, Maisda Turki. La verdad de lo que pasa. Refugiados sin refugio no es una contradicción, es la pura descripción de un hecho. Miles de personas condenadas, aisladas, marginadas, millones de personas en el mundo, 65 millones, sin que los Gobiernos europeos sean capaces de aprobar una política común y acoger a un millón, millón y medio.

 

La presidenta de ACNUR confirmó que había entregado al Gobierno un decálogo de medidas concretas que pueden paliar el problema, la catástrofe más grave desde la segunda guerra mundial. No hay respuesta. Antonio Garrigues decía que hay que despertar, reanimar a la sociedad civil para que obligue a los Gobiernos a hacer frente al problema, porque cuando se acaba creyendo que no se puede resolver un problema, se retrocede siempre. Este no es un problema imposible. No hay voluntad política de abordarlo.

 

Si mañana Estados Unidos y Rusia quisieran terminar con la guerra de Siria, -y podrían hacerlo- se acabaría una gran parte del problema. Es indigno. Nadie quiere salir de su país. Menos para estar en tierra de nadie, sin educación, sin sanidad, sin trabajo, sin nada. Volverían casi todos los que han huido. Sobre todo viendo la acogida que han recibido en la Europa de los valores. Un dictador apoyado por Rusia sigue masacrando a su pueblo, permitiendo ejecuciones de civiles en masa y muchas atrocidades más. Y los que se rebelaron contra él, con apoyo occidental, tendrán la misma suerte, mientras Occidente mira hacia otro lado. Las imágenes de Alepo, que vuelve a las manos de Al Assad, son la condena para una sociedad cuyos líderes, con la excepción de Angela Merkel y del Papa Francisco, se han lavado las manos. Sólo si la sociedad despierta será posible la justicia y la esperanza.

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