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Jueves, 15 de diciembre de 2016

La caída de Alepo blinda el régimen de terror de Asad

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La frágil tregua para iniciar la evacuación de los civiles y combatientes de los barrios del este de la ciudad siria de Alepo bajo control rebelde saltó ayer por los aires sin llegar a entrar en vigor. Tras la rendición de los alzados que combaten al régimen de Asad, Rusia y Turquía pactaron unas condiciones para la evacuación que Damasco incumplió. De hecho, volvió a bombardear algunos sectores.

Moscú señaló que en cuestión de "dos o tres días" se implementará el plan de paz en la segunda ciudad siria, que antes del estallido de la guerra en 2011 tenía más de 2,5 millones de habitantes y contaba con una magnífica ciudadela, Patrimonio Mundial de la Unesco. Alepo ha permanecido dividida en dos desde 2012, con una parte progubernamental y otra controlada por una heterogénea amalgama de combatientes opositores, que incluye desde facciones laicas hasta extremistas islámicos. En los últimos meses, el régimen, conforme iba recuperando terreno, ha perpetrado auténticas masacres para imponerse a sus rivales, causando numerosas víctimas civiles.

 

La sangría en Alepo es una de las espeluznantes consecuencias de la guerra civil siria que ya se ha cobrado la vida de unas 400.000 personas y que ha provocado el mayor éxodo de refugiados desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Estamos ante un drama humanitario que, cada día que pasa, deja en evidencia la inacción de las principales potencias mundiales. En el Parlamento Europeo, sin ir más lejos, los diferentes grupos exigieron ayer a los Gobiernos de los Veintiocho que actúen para aliviar el drama de Alepo. La realidad es que Europa no está jugando ningún papel en el conflicto sirio, más allá de la vergonzosa reacción ante la crisis de los refugiados.

 

La victoria en Alepo supone un gran triunfo estratégico para Asad. Y marca un punto de inflexión en la guerra. Porque los grupos rebeldes ya sólo controlan la provincia de Idlib, algunos suburbios de Damasco y áreas del norte sirio, fronterizas con Turquía. Pese a todo, se antoja aún lejano el final de la contienda. Y no olvidemos que en Siria se libra en paralelo una guerra contra el Estado Islámico, que sigue controlando algunas regiones del norte y que en los últimos días ha protagonizado un inesperado avance en Palmira, ocho meses después de su expulsión por parte del ejército sirio y de la aviación militar rusa.

 

Hoy el régimen de Asad se siente más apuntalado, gracias al respaldo imprescindible que le brindan sus mayores aliados: Rusia e Irán. Recordemos que hasta que el Kremlin ordenó la intervención directa sobre el terreno en 2015, en auxilio de Damasco, la situación estaba en tablas con un Gobierno sirio muy debilitado y sin capacidad para recuperar el control en ninguna de las provincias perdidas. Esa posición de fuerza actual es la que complica una solución negociada entre el Gobierno y los rebeldes promovida sin ningún éxito por la comunidad internacional.

 

Además, Asad tiene otro motivo fundamental para estar envalentonado. La total falta de protagonismo de Washington desde hace meses en el conflicto sirio -exactamente al contrario que Rusia- beneficia al régimen de Damasco. Es ésta ya la primera gran consecuencia internacional de las elecciones de Estados Unidos. La Administración Obama apura las últimas semanas de mandato y deja un balance un tanto decepcionante en Oriente Próximo. Y, dado que hoy por hoy es una absoluta incógnita qué va a hacer en política exterior Donald Trump, la Casa Blanca no mueve ficha y son otros actores los que toman el paso. El presidente electo se limitó en campaña a anunciar un cierto repliegue de EEUU, que lleva seis décadas ejerciendo el papel de gendarme mundial. Y, con una retórica populista irresponsable, prometió acabar con el IS en muy poco tiempo, poniéndose de acuerdo para ello con Putin. No sorprende así que Asad saludara con entusiasmo el triunfo de Trump. Ayer mismo dijo que el fin de la guerra siria depende del próximo inquilino de la Casa Blanca. La realidad es que las cosas son mucho más complejas. Y, eso sí, por dramático y deleznable que resulte, cada vez es más improbable que la comunidad internacional pueda plantear una solución en Siria sin contar con Asad.

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