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Domingo, 11 de diciembre de 2016

La conspiración de la vulgaridad

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La vida política de la civilización occidental está marcada en la actualidad por el auge de los movimientos populistas, surgidos como consecuencia de la crisis económica que se inició en 2008, y como protesta contra el desprestigio de los partidos políticos tradicionales, por causa de la corrupción y el anquilosamiento de sus estructuras, a las que se acusa de ser incapaces de dar respuesta a las demandas de los ciudadanos.

[Img #54352]¿Estamos, pues, ante una «rebelión de las masas», como la profetizada y estudiada por Ortega y Gasset en su libro de 1929?

 

¿Pero acaso «la gente» ―para decirlo con la terminología podemita― puede rebelarse, cuando «las masas» constituyen un conglomerado amorfo y tendente al aborregamiento que las hace  incapaces de iniciar por sí mismas cualquier «rebelión»?

 

Tras los levantamientos aparentemente populares que en el mundo han sido, siempre se encuentra el liderazgo de una minoría dirigente, que manipula a su antojo con estrategias populistas a una masa dócil e ignorante a la que llevan alevosamente hacia la defensa de unos ideales que sólo interesan a esa élite, que paraliza las sublevaciones de las masas cuando ya han conseguido sus objetivos.

 

A poco que se indague en ellas, las pretendidas rebeliones de las masas siempre son producto de predicadores supuestamente iluminados, de mesías redentores, de charlatanes de salón, de apóstoles de paraísos irredentos, de salvapatrias hipócritas, que excitan a las masas apelando a bajos instintos, a emociones rastreras, a sentimientos totalmente manipulados con los cuales se pretende halagarlas prometiéndole quimeras y utopías. Todo ello con el oculto propósito de hacerse con el poder, para desde allí defender sus propios intereses, o los intereses de la oligarquía a la que representan.

 

Desde este punto de vista, la cacareada rebelión de las masas que predica el populismo no es sino una execrable maniobra para que los ambiciosos de turno conquisten las codiciadas poltronas que todo ególatra ansía con desesperación, ya que son fuentes de poder y sustanciosas prebendas.

 

Una tópica estrategia populista ―en pleno auge en España― consiste en la demencial tendencia de los partidos de izquierda radikal a apelar a lo que ellos llaman «bases», «círculos», «plataforma», «mareas»… en una palabra, a la militancia, estrategia mediante la cual pretenden acabar con los órganos representativos precisamente elegidos por esa militancia, los cuales, al ser puesta en tela de juicio su autoridad por ese constante recurso a los militantes, aparecen como estructuras a las que se ha vaciado de todo poder y sentido. Este fenómeno amenaza directamente a la democracia, basada precisamente en la representatividad de las personas y órganos elegidos por los votantes, que la estrategia antisistema pretende sustituir por los «círculos» de militantes.

 

Esta metodología se fundamenta en que una masa, cuanto más reducida es numéricamente, más fácil es de manipular  por cualquier prestidigitador de la política. La constante consulta a las bases es una completa necedad, porque las masas de por sí frecuentemente toman sus decisiones por motivos que tienen que ver más con lo emocional y sentimental que con el raciocinio y el conocimiento real de lo que votan. Basta un par de consignas populistas, un predicador de medio pelo, y un hábil empleo de los medios de comunicación para llevarse al huerto a las bases, los círculos, las mareas, las asambleas….

 

Ese es el gran drama de la democracia, que las masas son por su misma naturaleza ignorantes de lo que se cuece en la arena política, y más en un país como el nuestro, con récord de «ninis», fruto de un pavoroso fracaso escolar y de la inveterada incultura que constituye una histórica lacra de nuestro pueblo.

 

Si damos por supuesto que la militancia, hábilmente embaucada, no es sino la voz de su amo, el claqué del mesías de turno, ¿de qué rebelión puede hablarse entonces? La auténtica democracia interna en un partido sería preguntar a todos sus votantes. Pero esto, además de inviable, no le interesa a los rasputines de turno, pues los votantes son mucho más moderados que los militantes y, al ser más, son más difíciles de manejar.

 

Esta manía nociva de consultar todo a los «círculos» ―invento bolivariano del señor Chávez, oiga―, de realizar asambleas por cualquier cosa, de recurrir a las «mareas» ―nombre que, por cierto, proviene del movimiento «Tides», fundación encargada de apoyar a movimientos de izquierda destructores de las sociedades, entidad financiada por… sí: ¡George Soros!― por un quítame allá esas pajas, son el auténtico cáncer de la democracia, una metástasis nefasta que amenaza con devorar el sistema representativo en que se asienta el parlamentarismo. A esto hay que añadir que este cáncer populista se arroga la autoridad de desobedecer las leyes en los que se asienta la colectividad, a la cual corroen y destruyen desde dentro con su maléfico virus de ir continuamente contra el sistema legal.

 

Ortega y Gasset ―genial formulador de la teoría de la «rebelión de las masas»― oponía  a «la vieja democracia» la «hiperdemocracia», fundamentada en la acción ilegal de la masa, en la imposición de lo vulgar. Y es que el hombre-masa siente la ebriedad de una sensación de dominio y triunfo que le hace imponer su opinión vulgar, proclamando orgulloso el derecho a la vulgaridad, y negándose a reconocer instancias superiores a él. O sea, que, además de filósofo, nuestro insigne madrileño también era profeta, porque ¿no nos suena a los españoles de hoy como algo conocido esta «conspiración de la vulgaridad», ejecutada maléficamente por la metástasis del podemismo?

 

El filósofo madrileño va más allá en sus reflexiones, y proclama que este hombre-masa lleva una vida carente de proyectos, por lo cual va a la deriva, incapaz de sentir gratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia. Es el niño mimado de la historia, que confunde libertad con libertinaje, que exige la intervención de papá-Estado para cualquier problema, conflicto o dificultad.

 

Chapeau, maestro: porque cualquier parecido de este hombre-masa con un podemita de hoy no es pura coincidencia. Iban de machos-alfa, y no son más que vulgares hombres-masa.

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