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Jueves, 17 de noviembre de 2016

Vender el mal

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Es probable que se haya abusado del término "loco" con Donald Trump. Sus palabras, su comportamiento, sus propósitos declarados, su gestualidad, todo en él induce, ciertamente, a considerarle un orate de tomo y lomo, pero, toda vez que ha conseguido liar a 60 millones personas y hacerse con los mandos del país más poderoso e influyente del mundo, más debería preocupar ese otro rasgo de su persona, no exclusivamente relacionado con la insania mental, que puede generar un inmenso sufrimiento a millones de seres humanos y unos daños irreparables al planeta que habitan: su extraordinaria capacidad para vender el mal.

El narcisista, y Trump lo es en grado sumo según numerosos psiquiatras, suele ser un buen vendedor. Su falta de escrúpulos, de sujeciones morales, de sensibilidad y empatía hacia todo lo que no sea su propia persona, permiten al narcisista vender lo que sea, a quien sea y al precio que sea, pero a ésto habría que sumar, en el caso del multimillonario neoyorquino, su olfato para detectar los nichos vírgenes del mercado, los productos novedosos o escasamente publicitados. 

 

Ningún candidato hasta el momento había ofertado tan abiertamente, tan descaradamente, el mal en todos sus formatos, esto es, la violencia, la intolerancia, el racismo, el machismo, la xenofobia, la impiedad, el egoísmo, la ignorancia como una de las Bellas Artes, la mala educación, el pésimo gusto, el antisemitismo y todo cuanto, en fin, ha llevado en su exitoso catálogo electoral.

 

Todos tenemos la personalidad un poco trastornada, de modo que no habría que centrarse tanto en las patologías del atroz personaje como en su escalofriante capacidad como vendedor de un producto tan averiado como el mal. Ha sabido, primero, crear la necesidad, y luego, vender las recetas para satisfacerla. Tal es la magia, bien negra por cierto, usada por éste vendedor.

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