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Lunes, 14 de noviembre de 2016

Los hijos de la ira (Armageddon en Madrid)

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Llevo tiempo intentando encontrar las palabras para explicar lo que siento ante el lamentable espectáculo del Madrid podemita, que podríamos llamar «Podemadrí».

[Img #53497]Y las he ido a hallar en un poemario de Dámaso Alonso, titulado «Hijos de la ira» (1944): «Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas) […] Oh Dios, no me atormentes más. Dime qué significan estos espantos que me rodean. Cercado estoy de monstruos [...] Bajo la penumbra de las estrellas y bajo la terrible tiniebla de la luz solar, me acechan ojos enemigos, formas grotescas me vigilan, colores hirientes lazos me están tendiendo: ¡son monstruos, estoy cercado de monstruos!».

 

Madrid, ciudad de más de un millón de solsticios, territorio ofrendado a las pachamamas, dominio de bakanales multikulturales donde sólo se echan en falta las tamborradas de los Hare-Krishna; donde los podemitas transmutan asombrosamente la paloma del espíritu Santo en un cóndor que sobrevuela buhardillas y azoteas, y a Reyes magos en poco menos que en «Drag Queens», apoteosis de la identidad de género.

 

Madrid, Chinatown, que acapara más de la mitad del comercio madrileño; reino de las kabalgatas donde se contonean sus «dragones queens», que también van al pesebre, y además tienen un deslumbrante año nuevo  febrilmente felicitado desde las farolas podemitas, al igual que la progresía felicita efusivamente el Ramadán a los muslimes.

 

Madrid, ciudad de más de un millón de prodigios, que welcomea a los refugees, mientras sus femen amenazan con quemar católicos, y sus concejales retiran los santos y las Vírgenes en las fiestas populares, escamotean belenes, son incapaces de poner a la Macarena en un solo cartel de las farolas de la Gran Vía durante la semana Santa, y ni siquiera nos felicitan las Navidades.

 

Madrid, ciudad de más de un millón de femens, que van de la mano con bolleras y vestales en desfiles de sorprendentes «marjorettes», mientras las nietas de las brujas que no pudimos quemar surcan los cielos de Madrid en sus escobas volanderas, como abracadabrantes drones; mientras las nuevas juventudes podemitas vestidas de scouts recogen colillas con delectación, y gorilas de camisas moradas escrachean a quienes no les bailan el agua.

 

Madrid, capital de más de un millón de okupas, con patios maravillosos que devendrán en Patrimonio de la Humanidad, con actos kulturales sometidos a dictaduras de género,  malsonantes guitarreos y salidos coñopotens, donde se exhiben obscenas posmodernidades, incensadas con marihuana y regadas en espectaculares noches calimocheras.

 

Madrid, okupada  por una «blitzkrieg» de «panzerpodemitas», que vienen con sus virus bolivarianos a infectar la otrora capital espiritual de Occidente, con calaveras rojas en sus boinas, puño en alto, echando espuma por la boca para escupir su rabia antisistema, y antimadrí.

 

Madrid, territorio komanche asolado por «podemosdivisionen», siempre ahítos de sangre azul, de cristales rotos, de cuchillos largos, que vienen con su estampida de Capricornios, bestias implacables que desencadenan por las calles los «sanlenines» de sus encierros descontrolados, corneando y embistiendo a taurinos, católicos, derechones, encorbatados, banqueros, pijos y señoritos…

 

Madrid, «cittá aperta», donde los manteros mantean a los policías y los pájaros disparan a las escopetas; Madrid, capital mundial del escrache, donde una blasfema asaltacapillas hace de portavoz; donde un pícaro especulador de pisos usurpados a la «gente» no sólo no dimite, sino que gana unas primarias; donde la misma alcaldesa está enfangada en la presunta turbiedad de los negocios de su marido; donde algunos concejales destacan por haber tenido ciertos problemas con la policía en su pasado okupa.

 

Madrid, nicho de más de un millón de zapafiestas, donde se escamotean las Vírgenes de los festejos populares, verdaderas orgías mitineras donde energúmenos y titiriteros arengan contra el sistema al que ellos mismos pertenecen a verbeneros aborregados. Y todo ello decorado con coños insumisos, con procaz genitarte, con perversas gimkanas donde se cazan banqueros y derechosos al «pinball», como si fuesen alimañas.

 

Madrid, tattoo you, chiripitifláutica y perrofláutica, grafiteada hasta las cloacas, imperio de maléficas ratas que corroen los cimientos de unas calles de donde antaño se iba al cielo, un cielo madrileño ya asaltado por la turba de talibanes y cheguevaras, de leninitas de salón, que desde sus poltronas inclinan servilmente su cerviz al Señor al que le han entregado impúdicamente las llaves de nuestra ciudad.

 

Madrid, almoneda de barquilleros, de chotis oxidados, de violeteras, de azucarillos y aguardientes, de organillos y pasodobles; de verbenas de casticismo amenazado por el multiculturalismo y los mítines podemitas.

 

Madrid, Madrid, Madrid… decían ser nietas de brujas, hijos de obreros, pero ahora ya sabemos de quién son hijos… y no precisamente de un Dios menor: son los nietos del 36, de los que perdieron la guerra, nacidos en Madrid Pelado, en noche lobuna, en noche de perros e hienas; son los hijos de la inquina contra los que tienen más que ellos debido a su esfuerzo, su sacrificio y sus mayores capacidades personales; de la rabia contra los que tienen ideales a los que entregar su vida, mientras que ellos pretenden cubrir la náusea, el fracaso y el absurdo de sus existencias con el único ideal de derribar sistemas, valores y patrias, a los que acusan de su miseria moral y su ruina existencial.

 

Sí: como dijo Dámaso Alonso, son los Hijos de la Ira.

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