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Jueves, 3 de noviembre de 2016

El nuevo Gobierno

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Si ésta fuera una democracia sólida y consolidada, ahora no estaríamos esperando que Rajoy decidiera en una íntima y profunda conversación consigo mismo y con sus circunstancias, con nadie más, quiénes van a ser los ministros, sino que estaríamos hablando de qué van a hacer los ministros, el Gobierno... Pero como es casi seguro que, cuando usted lea esta columna, algunos ministros todavía no sabrán que lo van a ser, entonces todo es posible.

Rajoy cogerá el teléfono y dirá algo así como "he pensado en usted -el tú suena mal si vas a ofrecer un Ministerio- para que desempeñe la cartera de... -es posible que se haga un silencio que al interesado le parecerá demasiado largo y a Rajoy corto- lo que sea". Y segundos después, Rajoy escuchará eso de "muchas gracias, señor presidente -no le va a decir, "gracias, machote" o algo por el estilo- es un honor inmerecido -otra mentira que dicen siempre quienes reciben la oferta de un cargo, incluso el de presidente de la comunidad de vecinos-, espero responder a la confianza que me otorga".

 

Es casi seguro que nadie le dirá que no, aunque le ofrezcan Defensa y el interesado sea licenciado en Matemáticas o graduado en Derecho, y es casi seguro que tampoco ninguno pregunte cuáles van a ser no ya las líneas estratégicas del Gobierno sino las de su, casi ya, nuevo Ministerio. Si hay suerte, en el Consejo de Ministros del viernes, tal vez, no es seguro, el presidente diga a sus nuevos ministros de qué va a ir la legislatura.

 

Diez meses después, empezamos de cero. Lo razonable es que desde hace tiempo hubiera distintos equipos ministeriales trabajando en reformas de consenso. Informes y dossieres diciendo qué se puede pactar con el PSOE y qué con Ciudadanos, dónde se pueden arañar los cinco votos del PNV o cómo encontrar aliados donde no apoyen los que se abstuvieron en la investidura.

 

El Gobierno debería haber enviado ya el presupuesto para 2017 a C's y PSOE porque sin sus votos no sale adelante y, entonces sí, Europa nos la va a meter doblada. Alguien debería llevar meses trabajando en una salida institucional para Cataluña, en cómo afrontar la reforma de las pensiones, la nueva fiscalidad autonómica y la suya y la mía, en qué se puede ceder y que no para la reforma laboral o la educativa, qué podemos salvar y que no del Estado de Bienestar o cómo hincarle el diente de una vez, con consenso y más medios, a la reforma de la justicia.

 

Pero todo indica que Rajoy se dedicó en cuerpo y alma a la investidura; cuando la consiguió por fin, a pensar el Gobierno; y, cuando tenga Gobierno, entrará en lo que importa: qué reformas y con quién. Dicen que Bruselas -que tiene casi la misma indefinición sobre el futuro de Europa que Rajoy sobre el de España- espera a que el presidente despeje las incógnitas del área económica para ponerse a pedir más recortes. Es posible que me equivoque y que Rajoy nos venda confianza y esperanza a partes iguales. Hay que dar un cheque en blanco al nuevo Gobierno, al menos hasta que conozcamos quiénes lo forman. Que no digan que no somos generosos. Y además, es como la democracia: seguramente será el mejor de los posibles. Sobre todo si se ponen a trabajar rápido.

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