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Lunes, 31 de octubre de 2016

Los jalouines de Millán Astray

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Bueno, pues ya tenemos aquí otro solsticio de los que tanto gustan a los antisistema: Jálouin ―y no me estoy refiriendo a la cohorte de fantasmas que escrachearon al Kongreso y, en él, a toda la nación española―.

[Img #53058]Como es natural, no resisto la tentación de dedicar unas líneas a esta egregia festividad, fiesta muy bienquerida para podemitas y asociados, majestuosa celebración donde los aquelarres sulfurosos brillan en todo su esplendor, presididos por quien ustedes saben: el Señor de las Moscas.

 

Realmente, no haría  falta que las masas adocenadas se disfracen de endriagos y engendros salidos de los tugurios del inframundo, ya que todo el año asistimos a una kermesse de abrumador feísmo, presidido por siniestras calaveras que desde zarrapastrosas vestimentas dejan ver a las claras los entes que se han apoderado de una ciudadanía inconsciente de su maligno simbolismo.

 

En el fondo, ¿qué es Jálouin sino un chabacano y macarra grito de «¡Viva la muerte!»? ―¡quién se lo iba a decir a Millán Astray!―. El caso es que los señores del inframundo deben divertirse mucho metamorfoseando una festividad que en principio se instauró para honrar a los Santos, en un solsticio totalmente pagano, claramente satánico, al que se apuntan hasta los niños, jalouinitos que juegan a ser draculines, vampiritos, brujitas y esqueletitos patéticos y grotescos, ignorantemente  iniciados por sus padres en esas «performances» de ultratumba. Y hasta se dan el lujo de pedir caramelos, que en mis tiempos sólo se les daban como aguinaldo navideño.

 

Por si esto fuera poco, Jálouin es otra muestra más de la abominable invasión de cutrecultura yanqui que corroe nuestras tradiciones patrias, porque aquí las únicas calabazas que siempre se han dado han sido aquellas con las que se certifica un fracaso, en el amor o en los estudios ―y en las elecciones también, no se crean, y no estoy señalando a nadie―.

 

Pero Jálouin no es sino una luciferina manifestación más de la paranoia zombi que contamina hasta el paroxismo una sociedad decadente y corrompida, pervertida hasta el tuétano, que no encuentra otra vía de sacudirse el aburrimiento que recurriendo a carnavales del horror, a esperpénticas zambras «gore» donde brillan colmillos lobunos, chorrea sangre a espuertas, chirrían esqueletos a go-gó, y las carnes descompuestas dibujan grotescas muecas del Averno. Y todo esto sobre un fondo escenográfico de tarántulas asesinas, telarañas algodonosas, calabazas illuminati, y siniestro aletear de murciélagos.

 

Y, claro, el rey de los disfraces, aquellos que señalan directamente al emperador de los «jalouines», a ese señor con cuernos, rabo y tridente, que se cachondea del mundo desde su trono en Monte Pelado al ver la cósmica bacanal en la que resuena su grito de guerra: «¡Danzad, danzad, malditos!».

 

Y a los disfraces tradicionales podrían unírseles las originales aportaciones del podemismo, que por algo basa su programa en «meter miedo»: disfraces de gorilitas ―bolivarianos,por supuesto―, metralleros, asaltacapillas, femenvestales, titirietarras, tuiteros antitaurinos, zapatiestos, guayaberitos, leninitos, y un largo etc., que no desmerecerían en absoluto en la «Pasarela Jálouin».

 

Por ejemplo, coges un «Ghostface», le quitas el cuchillo y le pones un puño en alto, y queda de lo más resultón. Y si coges a un Drácula y le pones coleta, pues para qué les voy a contar. En cuanto a las telarañas, de esas hay un montón en los antros leninistas, donde, además de a muerto, huele a naftalina que apesta. Las momias de los religiosos que profanaron en el 36 podrían dar el pego como esqueletos, no me digan. Y para calabazas, las que les dieron los españoles en las pasadas elecciones.

 

Dentro de poco tendremos otro solsticio, el de Navidad, y ahí seguramente la carretada podemita nos obsequiará nuevamente con su más preciado disfraz jalouinesco en su epatante kabalgata: el de los magos merlinescos.

 

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