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Sábado, 29 de octubre de 2016

Deja que los muertos entierren a sus muertos

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La única vez –que sepamos— que Jesús de Nazaret visitó un cementerio fue para resucitar a su amigo Lázaro.

Los camposantos no le interesaban, pues dijo de su Padre que era un Dios de vivos y no de muertos (Mc 12,27). La afirmación está en el más antiguo de los evangelios canónicos. Además, añadió al que le quería seguir, para ser su discípulo, y que iba a enterrar a su padre: “Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.” (Mt 8, 22). Es decir, olvídate de quienes permanecen ajenos a mi Mensaje, distraídos con asuntos fútiles, y ven conmigo. Estate a lo que celebras. 


Jesús no tuvo cuidado de prepararse su propia sepultura, y eso que sabía que tenía que morir para con ello salvar al género humano. Su cuerpo fue sepultado en una tumba vacía y nueva, propiedad de la familia de José de Arimatea, miembro del Sanedrín. Y allí resucitó al tercer día, una vez vencida la muerte y el pecado. Jesús estaba vivo. El lugar, las características de su sepelio, todo fue improvisado, anecdótico, circunstancial. 


Jesús no habló de santificar los cadáveres, que eran materia inerte e impura para el judaísmo. No expresó la necesidad de ningún ritual, pues el justo que muere, que da testimonio, que cumple con sus mandamientos y tiene fe en la resurrección de la carne, va al hogar de Dios Padre. No se queda aquí. El fiel difunto ya no está en el cuerpo muerto, pues su alma ha partido hacia Dios.


Las Escrituras no dicen qué fue del cuerpo de José, padre terrenal de Jesús. No especifican qué pasó con el cadáver de María Virgen, aunque la tradición crea que fue ascendida al Cielo tras su dormición. ¿Acaso tuvieron un enterramiento digno Pedro y Pablo después de su martirio en Roma? ¿Y Esteban, el primer ajusticiado como seguidor de Cristo? Esteban, al recibir los impactos de las primeras piedras, dijo: “Señor Jesús, recibe mi espíritu” (Hch 7, 59). O lo que es lo mismo: ahí te llega mi ser, mi alma, la que ha entregado esta vida por ti.


Si de verdad creemos en una vida verdadera y eterna, junto a quienes nos amaron y nos precedieron y en compañía de Jesús, nada debe importarnos qué se hace de nuestro cuerpo.


La Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio o Inquisición) ha publicado un documento aprobado por el Papa Francisco (18 de marzo de 2016) y firmado el 15 de agosto de 2016 (por Gerhard Card. Müller, Prefecto, y Luis F. Ladaria, S.I., Arzobispo titular de Thibica, Secretario) que se titula “Instrucción Ad resurgendum cum Christo, acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación.” En este texto se recalca la preferencia de la Iglesia Católica por el enterramiento del cadáver del fiel difunto, por supuesto, en lugar sagrado, y no por su cremación. Aun admitiendo la cremación como procedimiento posible, la Iglesia exige que las cenizas reposen en lugar sacralizado, para que sean custodiadas y guardadas en la memoria de los fieles. No admite ni permite que sean aventadas o esparcidas, “para evitar cualquier malentendido panteísta, naturalista o nihilista.” Mucho menos (y esto sí tiene su lógica) que sean convertidas en objetos decorativos, cual icono, talismán o fetiche.

 

Sin embargo, entrando en contradicción con esa postura prohibitiva, se recoge en el apartado octavo: “En el caso de que el difunto hubiera dispuesto la cremación y la dispersión de sus cenizas en la naturaleza por razones contrarias a la fe cristiana, se le han de negar las exequias, de acuerdo con la norma del derecho.” La lectura de este pasaje del texto parece exonerar a quien desee ser aventado si ha muerto en la fe cristiana, y no por motivos contrarios a dicha creencia. Es decir, si no se ha mostrado, en vida, un secuaz del paganismo, el panteísmo, la Diosa Madre, los faunos, las ninfas, los gnomos, los duendes, las hadas, los movimientos New Age, y demás extravagancias. 


Es así que, en el momento de ir a oficiarse el funeral católico, el sacerdote podrá preguntar, supuestamente, a la familia del difunto, si este era buen creyente y si sus restos van a ser tratados como requiere la Congregación romana. Si las respuestas crean dudas, o no satisfacen a lo esperado, el finado se queda, velis nolis,  sin santificación. 


La Iglesia quiere que sus camposantos sigan creciendo. Esos ejércitos de cruces y consignas. Algunos reciben la Gracia de quedar preservados por una causa natural (o hasta extraordinaria), como ese catálogo de estremecedoras momias que muestra el enlace http://www.vintag.es/2016/10/alive-dead-people-these-18-dead-people.html

 

Pero lo que ocurre con muchos fieles enterrados en un cementerio es que, a la larga nadie va a visitarlos, porque para acordarse de un familiar o amigo fallecido la gente no necesita rezar ante su tumba. Basta con recordarlo por algún motivo, y con decir un padrenuestro allí donde haya surgido el hecho del recuerdo. Las lápidas envejecen al paso de los años. Cuando caduca la suscripción del nicho o de la tumba, los despojos se sacan y engrosan el triste osario. Para entonces, la última Rita que lo conoció hará tiempo que estará también criando malvas en otro lugar. Y así sucesivamente. Unos muertos encima de otros, madrigal de las altas torres. Pronto esa tibia por ahí rodando, para la quijada de algún perro vagabundo; o esa urna enmohecida y roñosa, profanada por su tapa suelta y algo parecido a un compacto gris óleo en su interior. Dignificación de lo que fue la persona. Mejor que ese mar abrazándola por siempre en su manual de espumas, o que ese armonioso prado en tal monte bravío, escoltado por olmos ululados por el viento. Evitemos que las moléculas de Ana se junten con las de Manuel, y las de Álvaro con las de José. Peligroso y arrebolado contubernio de difuntos.
 

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