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Domingo, 23 de octubre de 2016

¿Habrá otro Suresnes?

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El verdadero líder del PSOE, Felipe González, dijo el pasado 28 de septiembre en una emisora de radio lo que su partido decidió ratificar en un comité federal este domingo 23 de octubre, casi un mes después: "El PSOE se debe abstener".

En cuanto a la investidura de Mariano Rajoy eso es lo esencial, la abstención socialista, lo demás son anécdotas. Lo que, en cambio, no es una anécdota es la forma utilizada para imponer esa decisión de Felipe González: echar de malas maneras a Pedro Sánchez de la secretaría general, para la que había sido elegido por la militancia del PSOE. Al menos desde fuera, no parece una decisión democrática ni propia de un partido de sus características. El fondo del asunto claro que admite discusión -hay argumentos y razones para todos los gustos-, pero la forma utilizada no es de recibo.

 

Ahora, es tan poco el poder del PSOE y tantos los socialistas con afán de vivir de su partido que la nueva dirección provisional se ha impuesto. De otro modo no se explicaría el cambio de opinión de tanta gente, fruto de una instrucción. Porque el PSOE no ha cambiado de criterio político tras un profundo debate democrático en sus órganos de gobierno ni de una consulta a su militancia, tras analizar a fondo el asunto en las casas del pueblo, sino que ha cambiado porque Felipe González dijo qué tenía que cambiar y cuándo y cómo debería hacerlo.

 

La verdad es que no es la primera vez que Felipe González le dice al PSOE lo que debe hacer. Así sucedió con otros cambios importantes, como el abandono del marxismo o la aceptación del ingreso de España en la OTAN. La diferencia no está en eso, sino en la posición profesional de Felipe González, que cuando tomó esas decisiones era secretario general del PSOE -sin apenas oposición interna- y ahora es un militante socialista que, haciendo uso de su libertad y de sus valiosos conocimientos, desempeña actividades privadas ligadas a importantes intereses.

 

Si algo prueba todo esto es que Felipe González no debería haberse ido de la secretaría general del PSOE. Tras él vino la nada o alguna esperanza a la que no dejaron germinar, para terminar mirando todos a Felipe. Sin él, el PSOE nunca fue lo mismo, ni volverá a serlo mientras no decida volver o retirarse, pero de verdad. Al PSOE le hace falta otro Suresnes -42 años después-, y nadie lo sabe mejor que él.

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