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Sábado, 22 de octubre de 2016

Naturalidad en la lengua

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(A José Ignacio R. M.)
Tenemos los españoles a nuestra Real Academia enzarzada en una soberana discusión sobre si debe “legislar”, o bien abstenerse, en el uso de supuestas fórmulas no sexistas de lengua.

Hace unos días, el 12 de octubre último, el periodista y escritor santanderino Jesús Ruiz Mantilla daba voz en El País a la sensata teoría de Ignacio Bosque respecto de que el sexismo está en la intención, y no en las construcciones lingüísticas. Así salía en cierto refrendo de un artículo publicado por el académico y novelista de éxito Arturo Pérez-Reverte, en el suplemento XL Semanal de 02 de octubre, titulado “No siempre limpia y da esplendor”. Reverte argumenta que la RAE debería pronunciarse decididamente ante quienes quieren imponer, de forma contraria a un uso natural del idioma, sus fórmulas “no sexistas”, como los cansinos dobletes de desdoblamiento de género (“ciudadanos y ciudadanas”, “socios y socias”), por considerar siempre impropio y discriminador el masculino genérico, que tanto resuelve.

 

Reverte insistía en que las presiones de ambiente habían vuelto timoratos a algunos académicos de la Docta Casa, quienes o intentaron escabullirse para no firmar en su momento el informe de su compañero Bosque, o prefieren, a día de hoy, no opinar acerca de estas cuestiones candentes, pues consideran esa toma de postura como a un paso de “meterse en política”. El escritor, sin denigrar ni a la Institución, ni señalar a nadie en particular, decía que hay en ella “gente noble y valiente y gente que no lo es. Académicos hombres y mujeres de altísimo nivel, y también, como en todas partes, algún tonto del ciruelo y alguna talibancita tonta de la pepitilla. En Felipe IV sigue cumpliéndose aquel viejo dicho: hay académicos que dan lustre a la RAE, y otros a los que la RAE da lustre.”

 

La discusión no acaba ahí, porque Francisco Rico, académico y profesor eminente, tal vez sintiéndose directamente aludido por el artículo de Pérez-Reverte, contesta con acritud a este en otra apostilla publicada en El País (viernes, 14 de octubre). Y lo hace cayendo en un error que, desde luego, ha sabido evitar su colega de sesiones: el de incurrir en la descalificación personal. Rico se siente maltratado por Reverte como miembro de la Academia, y arremete contra él, cual nuevo espadachín o mosquetero, con el malévolo calambur “el alatristemente célebre productor de best sellers”. Rico debe de ser de los que prefieren –hasta cierto punto-- no mojarse y que la Institución se limite a observar, no a legislar sobre el uso del idioma. No niega la ridícula empecinada batalla de los dobletes, que considera “prevaricaciones” contrapuestas a la naturalidad lingüística. Pero se deja confundir por su ego de académico magnífico y de ese modo se molesta por la valoración de Reverte sobre las competencias de la RAE.

 

La reflexión metalingüística se ha transformado en nuestros tiempos en instrumento de alineación ideológica. El conservadurismo se identifica con los usos tradicionales del idioma, mientras que el progresismo más competente (presionado por el radicalismo incendiario) parece abocado a patentar los cambios artificiosos y artificiales, hasta acabar en algo así a lo que se hizo con el vascuence de los caseríos cuando se fomentó el unitario batúa. Ciertos círculos de poder nos quieren imponer una manera de hablar, no nuestra, sino suya, a su medida. Quieren que, cada vez que hablemos o escribamos, nos detengamos a pensar —¡por miedo!— si eso será bien recibido y aceptado. Que el cerebro, que, de una manera natural, construye cientos de expresiones al cabo de cada jornada, despierte al Superego y se ralentice y autocensure a la hora de parlotear. Y, además, pretenden que los señores académicos se queden callados y no digan ni mu ante estas modificaciones obligatorias. La RAE nació en el siglo XVIII –el de Las Luces—bajo el lema “Limpia, fija y da esplendor”. O lo que es lo mismo, con un afán claramente prescriptivo. La Academia fue, literalmente, el crisol de la lengua. Pero no en atención a normas y medidas caprichosas, de cariz sincrónico, sino en loor del tratamiento diacrónico (histórico) del español o castellano, de acuerdo con la etimología y el correcto uso de nuestra gramática, ortografía y vocabulario por aquellos virtuosos de prosa reverenciada.

 

Como hoy no se desea actuar de modo impositivo ni autárquico, y los ciudadanos en el fondo tienden a hablar como oyen hacerlo, el carácter prescriptivo de la RAE ha sido desestimado por ella misma. La RAE ahora se limita a escuchar para describir, y ha extendido sus oídos más allá de nuestro territorio español para acoger otras voces que se registran en otros ámbitos, en las repúblicas hermanas de Hispanoamérica.

 

La controversia por la duplicidad sexista en la lengua la atisbaba ya el genial filólogo venezolano Andrés Bello, en 1847. En el capítulo VII, epígrafe 142, de su Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos, anotaba textualmente: «Cuando hay dos formas para los dos sexos, nos valemos de la masculina para designar la especie, prescindiendo del sexo; así hombre, autor, poeta, león, se adaptan a todos los casos en que se habla de cosas que no conciernen particularmente a la mujer o a la hembra, v. gr. “el hombre es el más digno estudio de los hombres”, “no se tolera la mediocridad en los poetas”, “el león habita las regiones más ardientes del Asia y del África”. Pero esta regla no es universal, pues a veces se prefiere la forma femenina para la designación de la especie, como en paloma, gallina, oveja. Fuera de eso, cuando se habla de personas apareadas, lo más usual es juntar ambas formas para la designación del par: el presidente y la presidenta, el regidor y la regidora; bien que se dice los padres por el padre y la madre, los reyes por el rey y la reina, los abuelos paternos o maternos por el abuelo y la abuela en una de las dos líneas, los esposos por el esposo y la esposa. Muchas otras observaciones pudieran hacerse sobre esta materia; pero los ejemplos anteriores darán alguna luz para facilitar el estudio del uso, que es en ella bastante vario y caprichoso.» Bello, entonces, percibía que los protocolos, las normas corteses y de urbanidad, tendían a recomendar los dobletes (el presidente y la presidenta, el regidor y la regidora), mientras que el habla castellana economizaba en otros contextos menos rigurosos o formales.

 

Un reciente bando de la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena Castrillo, dedicado a fomentar la limpieza en las calles y espacios públicos de la capital, principia con el vocativo doble “Madrileñas, madrileños”. Es una fórmula de cortesía que, en este particular contexto, no se antoja superflua. La alcaldesa, además, en el cuerpo de su mensaje, no incurre para nada en los cansinos dobletes, y escribe “nosotras, las personas de Madrid”, y más adelante: “Depende, y mucho, de todos nosotros”; “Me dirijo a vosotros para lanzaros este reto: que nos convirtamos en los ciudadanos más limpios del planeta”. Y eso que recuerda con agrado al querido profesor, el socialista D. Enrique Tierno Galván, quien, curiosamente, comenzaba sus didácticos bandos municipales con el vocativo simple de “Madrileños”. Y que cada uno pensara lo que quisiera, que por aquellos primeros tiempos de andadura democrática, nadie se detenía en esos detalles nimios. Porque ya cuando Velázquez pintó la Venus del espejo, así de desnudita, supo él que la falta está en aquel que mira, y no en la bella redondez de aquellos preciados muslos.

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