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Viernes, 16 de septiembre de 2016

Burka en Alemania

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Me ha sorprendido Angela Merkel defendiendo el uso del burka en Alemania, en aras de la libertad religiosa.

Está bien lo de la libertad religiosa, pero en el seno de las religiones hay interpretaciones algo extravagantes, y el burka es una de ellas.

 

El burka viene a ser como un poncho, o una tienda de campaña unipersonal, debajo de la cual se supone que hay una mujer, pero dado su ocultamiento, podría haber un barbudo yihadista, un liliputiense con zancos, o un atracador que, tras cometer el delito, se pasea disfrazado con el botín bajo el brazo, sin que se pueda ver ni al atracador, ni al botín.

 

No hay coranista ortodoxo que te señale una sura o azora en la que se hable del burka y sus dimensiones.

 

Se trata, pues, de una interpretación, y la interpretación puede ser subjetiva o equivocada. Es como si mañana un obispo decidiera que como en los evangelios se dice que es más fácil que un rico pase por el ojo de una aguja a que entre en el reino de los cielos, pidiera a la puerta de las iglesias la declaración de la renta para prohibir la entrada a los ricos, porque si no van a entrar en el reino de los cielos ¿para qué perder el tiempo entrando en la iglesia?

 

En un momento en que a la Merkel se le ha subido algo del sentido común perdido ha dicho que, bueno, en algunos lugares como los juzgados o la escuela no lo ve conveniente. ¿Y sí en un aeropuerto o en una estación de metro? ¿Y si dentro va un tipo de con arsenal de bombas?

 

De concesión en concesión, cualquier cristiano será multado por conducir un automóvil mientras habla por el móvil, pero si se pone un burka, y se sienta al volante, nadie le va a decir nada, aunque manejar un vehículo a través de la rejilla tupida del burka es un peligro bastante evidente. Poco a poco, del respeto a la libertad religiosa hemos pasado al respeto a las tonterías contemporáneas.

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