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Martes, 30 de agosto de 2016

Contrato fijo

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Asumimos lo de "la bolsa o la vida", procedente de tiempos lejanos, cuando el dinero se llevaba en bolsas, y no en carteras de piel. En tiempos tan coetáneos y europeos como los de ahora mismo, los bandoleros han desaparecido, y el peligro ya no viene del asaltador, sino del ministerio de Hacienda del país respectivo.

Claro que hay algo peor que resistir el asalto de la inspección tributaria y es no temerlo, por la patética circunstancia de carecer de trabajo y, por lo tanto, de ingresos. La precariedad laboral sigue existiendo, aunque a los políticos elegidos les importe lo mismo que una mosca en el Congo, y he aquí que en estos atribulados tiempos los recién elegidos diputados y senadores tienen un contrato fijo de cuatro años teóricos, bastante más sustancioso que los contratos temporales de la hostelería, que concluirán a mediados del próximo mes de septiembre.

 

Pero estos cuatro años teóricos pueden terminar en un par de meses en una ruptura, y encontrarse de nuevo, en la calle, diputados y senadores, por mor de esa lumbrera del anti consenso llamado Pedro Sánchez, que está destinado a marcar un antes y un después en el Partido Socialista Obrero Español, donde el después puede ser un paisaje de recuerdos alrededor de una necrópolis. Podría construirse un prestigio personal y profesional, durante los próximos cuatro años, pero sus teorías, estrategias y tácticas se basan en que cualquier tipo de consenso, incluso el más leve, le produce dolores de estómago, trastornos intestinales e incluso vómitos. Muchos de los partidarios de aprovechar estos cuatro años de contrato fijo, se quedan estremecidos ante la posibilidad de marcharse al paro, pero hay que reconocer que sería una legislatura complicada ver, en cada sesión en el Congreso, salir corriendo a Pedro Sánchez, camino de los lavabos, aguantando las arcadas que le ha producido contemplar a Mariano Rajoy, sentado en el banco azul. 

 

No es la política, sino el factor humano. Estoy seguro de que Pedro Sánchez se sacrificaría por el bien de los contratos de trabajo de los suyos, e incluso por España. Pero Rajoy se le atraganta. Por eso pide respeto. Respeto a su aparato digestivo.
 

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