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Domingo, 28 de agosto de 2016

En capilla

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Rajoy vive este fin de semana las horas previas a un debate que, si nadie lo remedia (y ese solo puede ser Pedro Sánchez), resultará fallido.

Antes tendrá que sellar el pacto con Ciudadanos que ha estado a punto de naufragar por el regateo en corto de los negociadores del PP.

 

Para un socio que encuentran en el camino y se dedican a negarle todas sus condiciones o a descafeinar las relativas a la regeneración democrática frente a la corrupción. Bien es verdad que Rivera ha llevado su afán conciliador más allá de lo esperado y, en caso de que Rajoy logre su propósito, ahora o en octubre, se puede ver salpicado por el calvario que le espera al PP este otoño en los tribunales de justicia.

 

El acuerdo sobre la elección de los doce vocales del Consejo General del Poder Judicial, que ayer se brindó a Ciudadanos para que pudieran venderlo como la gran conquista, tiene un valor escaso para los populares. Sin mayoría absoluta, Rajoy ya no podrá imponer el nombre de juristas afines que defiendan sus causas en el órgano de gobierno de los jueces. Por tanto, le da igual el procedimiento de elección, e incluso le podría convenir que sean los propios jueces los que elijan a los vocales, dada la gran implantación que la conservadora Asociación Profesional de la Magistratura tiene en la judicatura.

 

Otra de las condiciones de Ciudadanos, que el PP se niega a digerir y que impidió cerrar el acuerdo el viernes por la tarde, es la desaparición de las Diputaciones Provinciales: esa institución decimonónica y carísima que tanto PSOE como PP defienden por un puro interés partidista ya que ha servido a ambos para colocar a destacados militantes que se caían de las listas. O sea, un cementerio de elefantes a costa del erario público. Su capacidad, además, de desviar fondos para maniobras de corrupción ha quedado acreditada con casos como los de Castellón o Alicante.

 

En Génova todos esperan que el acuerdo se cierre antes del lunes y no será con una foto de Rajoy y Rivera estrechándose la mano porque recordaría demasiado a la que protagonizaron en marzo el líder de Ciudadanos con Pedro Sánchez.

 

Precisamente, el mismo día en que Rajoy mantendrá un encuentro con el dirigente socialista para volver a pedir personalmente la abstención de su grupo, o al menos un tono de cortesía parlamentaria en el debate. No está acostumbrado el presidente en funciones a recibir castigo en el hemiciclo y no es cómodo enfrentarse a toda la oposición para salir, al final, derrotado.

 

Si pudiera, correría un tupido velo ante las frases insultantes y el tono despectivo con que intentó menospreciar el intento de Pedro Sánchez, en marzo, por lograr la investidura con los mismos socios con lo que se presenta él la semana próxima.

De no obtener los exigidos cambios en el Senado, Diputaciones y, tras la sustancial rebaja en la lucha contra la corrupción, a Rivera le va a costar muchísimo defender su apoyo el martes.

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