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Domingo, 21 de agosto de 2016

¿Hay crepúsculo de ideologías?

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En una democracia solvente, el marketing puede complementar la política pero no hasta el extremo de sustituirla por un sucedáneo. Cuando eso ocurre, la calidad democrática se resiente y el populismo termina campando a sus anchas, meciéndose en la telaraña de la manipulación.

Es probable que la crisis política española tenga su epicentro en la crisis económica, generadora de desigualdad, pobreza, desempleo y corrupción, pero no lo es menos que sus protagonistas adolecen en general de la personalidad, el liderazgo y la formación que tenían políticos como Felipe González, Adolfo Suárez, Santiago Carrillo, Miquel Roca, Manuel Fraga Iribarne, Alfonso Guerra, Tierno Galván, Jordi Pujol, Xosé Manuel Beiras o, a su manera, Xabier Arzalluz. Para reverdecer la melancolía, basta un ejercicio tan simple como comparar a aquellos líderes con quienes ahora ocupan sus puestos.

 

¿Estará pasando España de políticos con ideas propias a políticos con ideas de otros? La verdad es que, cobijados bajo una retórica vacía, hay nuevos dirigentes en distintos partidos que no pasan de repetir lo que leen en los argumentarios que elaboran sus asesores políticos y expertos en marketing. Son completamente previsibles, del mismo modo que muchos tertulianos que actúan en paralelo a sus afines políticos de cabecera.

 

Algo peor sucede incluso en una parte de la izquierda, donde ideas denostadas como las del conservador Gonzalo Fernández de la Mora, el controvertido autor de El crepúsculo de las ideologías, son ahora tesis que, como observa el sagaz periodista Carlos Luis Rodríguez, encuentran plena confirmación en los debates, crisis, pactos y desencuentros de la izquierda alternativa.

 

¿Hay entonces crepúsculo de ideologías? Más bien parece que el verdadero crepúsculo es de los políticos, porque las ideologías, por mucho que algunas estén en crisis, se ve que siguen vivas y coleando en otras democracias vecinas. Las ideologías no han dejado de existir, son objeto de revisión permanente y de su estudio se ocupa cada vez en mayor medida la ciencia política, cuyo desarrollo es hoy superior al del pasado. Un país como España, que no es una gran potencia mundial pero tampoco un estado rezagado, parece digno de recuperar al menos el nivel político de la Transición, lo cual -por fortuna para todos- depende en mayor medida de la ciudadanía que de la actual clase dirigente.

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