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Domingo, 7 de agosto de 2016

Sin producir no se vive bien

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A estas alturas, el problema de España parece ser político -de hecho, mucha gente demoniza a toda la clase política-, pero en realidad el problema de España no es sólo político, sino también económico.

La política tal vez es un mero reflejo del verdadero problema de España. Como cualquier otro síntoma, la política actual española vendría a ser un indicio o una señal de algo que va mal: la economía y, en definitiva, el bienestar de las personas.

 

España lleva así desde 2008, año en el que también entraron en crisis otros países, empezando por el más importante de todos: los Estados Unidos. Pero, a diferencia de lo sucedido en el país de Barack Obama, que ya superó la crisis, España sigue en crisis, por mucho que no esté en recesión. Alemania y Francia no están para muchas fiestas -es verdad- pero no tienen los problemas de paro, desigualdad, pobreza y corrupción que hay en España. Ni siquiera los italianos tienen una situación tan grave, aunque algunos de sus problemas -como la Mafia- son peores que los de los españoles. Realmente, peor que España están hoy Grecia y Portugal.

 

Los países que van bien o al menos no van mal tienen resuelto algo esencial: saben a qué dedicarse. Dicho en palabras más políticas y tecnocráticas: tienen un modelo productivo y un Estado dimensionado a su medida, en unos casos con mayor peso en la economía que en España, como sucede en Alemania o Francia, y en otros, con menor peso, como sucede en Estados Unidos, donde el mercado tiene una vitalidad singular, no sólo por su fortaleza interna sino por el imperio de sus multinacionales en todo el planeta.

 

Demonizar a toda la clase política española, como se hace cada vez más a menudo, seguramente tiene algún fundamento, pero lo que es seguro es que limitándonos a eso España no saldrá de la crisis. La historia nos enseña a menudo el camino de salida de las crisis: la reactivación económica. Sucedió en la Transición pero incluso en la dictadura, a raíz del Plan de Estabilización. ¿Estamos entonces en la antesala de otros Pactos de la Moncloa? No lo parece, pero si alguien apuntase en esa dirección -adaptada a este tiempo- probablemente acertaría.

 

España necesita definir qué dimensión de Estado precisa, lo cual exige una reforma fiscal, y sentar las bases de un nuevo modelo de economía productiva, ya que sin producir no se vive bien. Son retos de los que apenas se habla -a fondo- porque es mucho más fácil hablar de la investidura, lo cual no es más que un trámite para elegir un jefe de Gobierno.

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