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Domingo, 24 de julio de 2016

El papel real del Rey

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Es verdad que la Constitución limita y acota el papel del Rey en el proceso de investidura del presidente del Gobierno, de lo cual puede desprenderse en buena lógica que su misión debe ser estrictamente neutral, al estilo de la monarquía británica.

Nada que objetar, por tanto, a ese perfil meramente técnico del Rey. Tendríamos de este modo que tras la renovación del Congreso de los Diputados, el Jefe del Estado, previa consulta con los representantes designados por los grupos políticos con representación parlamentaria, y a través de la Presidenta del Congreso, propondrá un candidato a la Presidencia del Gobierno.

 

También es verdad que tanto este rey como el anterior se han adentrado en la política, sin ir más lejos a propósito de los asuntos territoriales, ante los que -inspirados por el Gobierno de turno- tomaron partido. Así sucedió a menudo con su postura ante los partidos unionistas y nacionalistas, sobre todo en Cataluña, pero a veces también en el País Vasco. Por tanto, si esa exquisita neutralidad del Rey en la investidura está bien, otras situaciones alejadas de la neutralidad no lo estarían.

 

La realidad conocida demuestra que el rey anterior hacía las cosas de otro modo, sin que por ello ninguno de los grandes partidos calificase sus actuaciones políticas de inconstitucionales. Al contrario, durante años y años, Juan Carlos I fue elogiado por ese tipo de misiones de engrase, especialmente intensas al comienzo de la Transición. Este rey, Felipe VI, tiene perfecto derecho a reinar de otra manera, del mismo modo que los ciudadanos tienen libertad de expresión suficiente para cuestionar aquellos aspectos de su reinado que, siendo legales, no son eficaces.

 

¿Se trata entonces de que el Rey no respete los preceptos constitucionales en el proceso de investidura? Obviamente, no se trata de eso, sino de que sea más imaginativo. Un ejemplo: ¿vulneraría algún precepto constitucional si reuniese a los principales líderes de manera informal, más allá de irse viendo con cada uno de ellos en una ceremonia acartonada?

 

Tal vez el gran reto de este rey, un jefe de Estado no elegido, sea la creación de valores. Un ejemplo más: si se convierte en un líder que habla como Mariano Rajoy cuando analiza el caso de Cataluña, su mensaje no calará entre todos los catalanes y, en el mejor de los escenarios posibles, solo dará satisfacción al resto de los españoles. Si, por el contrario, construye valores propios puede ser que consiga que nadie le tosa cuando tome ciertas iniciativas en un momento como el que vive actualmente España.

 

La Constitución también dice que, si transcurrido el plazo de dos meses, a partir de la primera votación de investidura, ningún candidato hubiere obtenido la confianza del Congreso, el Rey disolverá ambas Cámaras -Senado y Congreso- y convocará nuevas elecciones, con el refrendo en este caso de la Presidenta del Congreso. ¿Pero es ése un objetivo? El papel real del Rey también puede ser otro no menos constitucional y todos lo sabemos, aunque unos y otros lo digamos con distintas palabras. Constitucionales, por supuesto.

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