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Domingo, 17 de julio de 2016

Del 23-F al 16-J

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El golpe de Estado de este 16-J en Turquía, finalmente frustrado por la ciudadanía y las instituciones democráticas del país, ha puesto a prueba a muchas cancillerías, ya que no todas ellas parecían tener clara la condena rotunda de un golpe militar.

El fondo de la cuestión lo explica con claridad el ex presidente Felipe González: los militares tienen el privilegio del uso exclusivo de las armas para defender la soberanía pero ese privilegio supone también una renuncia: su neutralidad en el libre juego de la política y la aceptación de su papel como institución sometida al poder civil que emana de las urnas. ¿Claro, verdad? Pues no lo pareció. Ni siquiera en países como España, donde es relativamente reciente su 23-F (1981) y donde su guerra civil tuvo su origen en el golpe de Estado del general Franco en 1936.

 

Las declaraciones calculadas ante el ataque sufrido por el Gobierno democrático del autoritario Recep Tayyip Erdogan en Turquía no fueron, de todos modos, lo peor que se ha visto en los últimos tiempos. Además, el final feliz en Ankara y Estambul -salvo para quienes perdieron sus vidas o resultaron heridos- diluye el propio debate sobre las a menudo tardías -y a veces tibias- condenas internacionales. Pero como llueve sobre mojado, no debería olvidarse el desenlace bien distinto del golpe de Estado contra los Hermanos Musulmanes en Egipto, hace ahora tres años, que se llevó a Mohamed Morsi por delante. Vemos, pues, que la teoría democrática occidental según la cual resulta inconcebible que se pretenda atribuir a los militares ?un supuesto papel de garante de las libertades democráticas es unas veces más válida que otras.

 

Del mismo modo que no caben dudas ante un golpe de Estado tampoco hay ahora razones que olvidar los tics autoritarios de Recep Tayyip Erdogan, que siguen estando ahí. Defender su legitimidad democrática como presidente no exige rebajar la crítica democrática a sus controvertidas actuaciones como gobernante. Seguramente si echásemos un vistazo a sus números macroeconómicos entenderíamos todo mucho mejor. Allí donde la pobreza se mantiene y la desigualdad no se reduce suele haber más tensiones que en los países sin pobreza ni tanta desigualdad. Una vez más, la economía -si se quiere también la religión- explica la verdad desnuda de la política.

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