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Sábado, 2 de julio de 2016

Incorruptible

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Hace tres mil quinientos años, la nobleza egipcia hacía tratar a sus difuntos para preservarlos de la podredumbre y volverlos incorruptibles. Más cerca en el tiempo, en el siglo XX, los cadáveres de Lenin y de Eva Perón fueron embalsamados para hacer su apariencia eterna. Hay una obsesión por la incorruptibilidad, por vencer los avatares de la edad, cuya pátina ingrata también pinta, como dejó aclarado Goya.

Sin embargo, aunque un cuerpo humano o animal sea transformado en estatua, no podemos hacer lo mismo, a día de hoy, con la conducta de una persona. Ninguna alma es incorruptible; nadie está a salvo de entender que se equivoca, al obrar lo contrario de lo legítimo o justo.

 

A Maximiliano Robespierre (1758-1794), líder de los burgueses jacobinos, o revolucionarios más exaltados, que se sentaban en los bancos superiores o “la Montaña”, le apodaban “El Incorruptible”. Su defensa de la Virtud, corporeizada como diosa romana, y su declarada ausencia de intereses personales en el ejercicio del poder autoritario, le hicieron parecer, a los ojos de los compañeros de partido, como imposible de corromper. Robespierre ordenaba hacer lo que había que hacerse; pedía votar lo que debía votarse. Sin embargo, si Robespierre llegó a abogado, fue gracias a una beca que le consiguió un sacerdote católico, el arzobispo de Arras, quien procuró que entrara en el prestigioso Colegio Louis-le-Grand de París, en su Escuela de Leyes. Más adelante, Maximiliano abandonó su vocación de poeta (como Hitler la de pintor), para concentrarse en su labor de diputado del Tercer Estado (Hitler salió con el Tercer Reich). Poco a poco, se fue radicalizando: exigió el sufragio universal y la abolición total de la monarquía. Cuando los austriacos entraron en guerra contra los franceses, y otras potencias europeas se aliaron para combatir los destronamientos de la realeza, Robespierre tuvo muy fácil presentar como traidor y conspirador a Luis XVI, que murió guillotinado el 21 de enero de 1793.

 

Maximiliano debió de llegar a pensar que todo el mundo podía ser tan virtuoso como él. Por eso, estableció como preámbulo de la Constitución republicana francesa la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, votados por la Asamblea Nacional, todavía bajo supervisión del rey, el 26 de agosto de 1789.

 

En su contundente artículo quince, dicha Declaración decreta lo siguiente: “La sociedad tiene el derecho de pedir cuenta de su administración a todos los empleados públicos.” Es decir, ningún funcionario o cargo político del Estado queda exento de tener que explicar su actuación. Y no solo de detallarla, sino de responsabilizarse completamente de ella.

 

Nadie se va a ir “de rositas”, dejando un agujero en los presupuestos, ni va a poder ejercer su mando público arbitrariamente. Todo va a tener que ser explicado. Esto nos lleva a la concreción del hombre con autoridad pública como servidor del Estado, y no como beneficiario del mismo. O como dijo el otro, que se actúe menos en loor de la importancia personal y algo más en la utilidad para el bien común.

 

Curiosamente, ese insobornable artículo quince se esfuma por completo en una segunda Declaración, esta vez, la Universal de los Derechos Humanos, de 10 de diciembre de 1948. En esta adaptación, e incluso ampliación posbélica rubricada en pleno siglo XX, el único artículo que se refiere al ejercicio de un cargo público es el veintiuno, que recoge el derecho a participar democráticamente en el gobierno de un país, a ser elegido electoralmente, y a acceder en condiciones de igualdad a la función pública. Pero, ah, amigos, para nada menciona –por si acaso— los deberes y responsabilidades del electo. Se acabó la idea de la incorruptibilidad. La carne es débil, y la vida corta.

 

La Revolución Francesa nos aportó claramente el diseño del estado moderno. Con sus ventajas y logros, pero igualmente con sus defectos. El estado revolucionario creó una situación de anarquía, de ausencia de un patrón en la nave. Todos eran sospechosos de ser los enemigos del pueblo. Lo dedujo Robespierre en su Teoría del gobierno revolucionario: “Bajo el régimen constitucional es suficiente con proteger a los individuos de los abusos del poder público; bajo el régimen revolucionario, el propio poder público está obligado a defenderse contra todas las facciones que lo ataquen.” Y concluye: “A los enemigos del pueblo [el gobierno revolucionario] no les debe sino la muerte.”

 

Napoleón mismo palpó el caos revolucionario, y escribió sobre el año 1793: “Aquel gobierno degollador, sobre ser opuesto a mi carácter, me parecía tanto más absurdo cuanto no hacía más que devorarse a sí mismo: no era más que una revolución perpetua, cuyos jefes no sabían siquiera establecerse de una manera permanente.”

 

A Robespierre, en cierto modo, lo exonera de culpa. Fue una especie de juguete en manos de una época turbulenta. Hubo muchas ejecuciones, pero a Robespierre le cargaron bastantes que no había ordenado. En unas cartas suyas que Napoleón leyó en Niza, Robespierre vitupera las masacres dictadas por los comisarios de la Convención Nacional. Otros jacobinos perfilaron, para un pueblo atemorizado, la sombra del tirano, solo quizás superada en potencia por la de Marat, partidario de cortar no menos de seiscientas mil cabezas.

 

El llamado Incorruptible hubo de refugiarse en el Ayuntamiento de París. Cuando lo asaltó un destacamento de la Convención, el gendarme Carlos Meda halló a Maximiliano temeroso y torpemente oculto en un rincón en penumbra. Ni corto ni perezoso, le descerrajó un tiro, que le destrozó la mandíbula inferior. Robespierre, soportando el dolor y la fiebre, fue conducido ante el Comité de Salud Pública. Al día siguiente, el 28 de julio de 1794 (9 de Termidor), el Incorruptible se volvía pasto de los gusanos tras ser guillotinado en la que es hoy Plaza de la Concordia.

 

De aquella incierta experiencia política surgieron sanguijuelas oportunistas, como el Príncipe de Talleyrand, exobispo, adulador y chaquetero como no ha habido otro caso. Dicho elemento fijó en sus Memorias lo que para él fue el tumulto de la Revolución Francesa, que él siguió en parte desde Inglaterra y América: “La Revolución no ha tenido autores, ni jefes, ni guías. Fue sembrada por escritores, en un siglo ilustrado y emprendedor, los cuales, queriendo atacar los prejuicios, derribaron los principios políticos y sociales, y por ministros inhábiles que aumentaron la miseria del tesoro y el descontento del pueblo.”

 

¿Qué pareció urgir a la caída del desgobierno revolucionario? Lo que tristemente vaticinaba, como punto primero, Napoleón, preso ya en Santa Elena: “Cuando la masa de una nación se ha llegado a corromper, las leyes son casi inútiles, si no las sostiene el despotismo.”

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