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Jueves, 30 de junio de 2016

Hacia una nueva cultura democrática

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Nadie entendería unas nuevas elecciones; ni siquiera una demora en formar e investir gobierno. No hay mayoría absoluta y será difícil que la pueda haber al menos en un tiempo. Mariano Rajoy tiene la obligación de tomar la iniciativa para buscar apoyos para la investidura. Y tendrá que ceder para conseguirlos. En un sistema parlamentario ganar las elecciones no es suficiente para formar automáticamente gobierno. Necesita sumar más votos a favor que en contra en el Congreso.

Tampoco nadie entendería que el líder del principal partido de la oposición se volviera a negar a dialogar con el vencedor. Los reproches del pasado a la naturaleza democrática del PP o a la persona de su líder no pueden sostenerse. Los ciudadanos han votado y los militantes del PP apoyan a Mariano Rajoy.

 

La falta de diálogo democrático es consecuencia de la consideración que tienen los adversarios entre sí como enemigos. Algo inadmisible en democracia. Para formar un gobierno de coalición no es requisito imprescindible compartir ideología. Tampoco para investir a un gobierno. Basta con negociar mínimos comunes denominadores.

 

El liderazgo de Pedro Sánchez es precario. En otro país, después de dos derrotas consecutivas en las que además se incrementan la pérdida de votos, ya habría dimitido. Lo lógico es celebrar un congreso, hacer autocrítica -a la que no están acostumbrados- revisar su sistema organizativo de élites y baronías y crear un proyecto que pueda ilusionar a los ciudadanos. Para eso necesita tiempo y reposo. Si el PSOE se obstina en bloquear un gobierno de Mariano Rajoy, será el siguiente paso en su declive hacia la irrelevancia.

 

Ciudadanos no está en condiciones de vetar a nadie y tendrá que flexibilizar su diálogo con el PP. Tiene que revisar también la existencia de un espacio político para su proyecto. Y para lograrlo lo primero es demostrar que tiene madurez democrática para reconocer un fracaso y no dificultar un nuevo gobierno.

 

Podemos es caso aparte. La arrogancia ha recibido un revolcón en la urnas. La tensión autoritaria que destilan muchas de sus conductas le va a condenar a la marginalidad. El cielo queda muy lejos y de momento tendrán que pasar una larga temporada en el purgatorio para ver si pueden aprender que en política despreciar al adversario, señalarse como elegidos y pretender el monopolio de la legitimidad condena al fracaso.

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