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Domingo, 3 de abril de 2016

Quienes dan su vida dos veces

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“Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, este la salvará.” Jesucristo es claro. En Marcos 8, 35 vaticina el sacrificio por seguir sus enseñanzas y defenderlas en el mundo. Está en Marcos, que es el primer texto evangélico canónico conocido. De alrededor del 70 de nuestra era. Eso significa que este mensaje fue pronunciado y asumido tal cual por Jesús de Nazaret y sus primeros discípulos. No parece que sea una interpolación gratuita que hable de los mártires que ya estaba habiendo con la persecución de Nerón en Roma. Aunque puede que también.

Por una reciente crónica periodística hemos sabido la suerte triste que han corrido cuatro hermanas Misioneras de la Caridad, asesinadas a tiros el pasado cuatro de marzo en Yemen, por “valientes” sicarios del Estado Islámico. Escapó una, la superiora, que pudo refugiarse tras la puerta de una cámara refrigerada. Volvió a nacer. Su pecado: cuidar de sesenta ancianos enfermos, casi todos musulmanes. Al sacerdote encargado de la parroquia se lo llevaron y, de momento, nadie sabe de él. Destrozaron las imágenes y abatieron a tiros a los asistentes musulmanes de las hermanas: el portero, el conductor, la cocinera… Tres horas largas duró la refriega de los seis juramentados.

 

Es tan impotente el fanatismo que solo encuentra rugido matando. Molesta tanto el amor al prójimo, que se intenta sembrar el odio en respuesta a tanto cariño. Pero esas hermanas monjas sabían del peso de su amor. Sabían que el alma se vuelve más ligera, y vuela a las regiones infinitas donde nunca habita el olvido, si se llena de amor. Una monja misionera, un monje misionero, tienen que estar dispuestos a morir dos veces: primero, al evadirse de la mundanidad, entregando toda su vida, en cuerpo y alma, en el servicio a los más desfavorecidos; segundo, al poder llegar a morir asesinados, como ha ocurrido en este caso.

 

Este nuevo asesinato de religiosos católicos recuerda mucho al sufrido por Ignacio Ellacuría Beascoechea y sus cinco compañeros jesuitas en El Salvador, el 16 de noviembre de 1989. Junto a ellos perecieron una empleada del servicio, y su hija de quince años. Todos fueron acallados con balazos en la cabeza, lo mismo que ahora las Misioneras de la Caridad. Se ensañaron los criminales con las monjas de Yemen, golpeando sus cráneos repetidamente, cuando ya estaban muertas. No solo buscaban matar, sino incluso vejar a sus víctimas, desfigurándolas, para volver más llamativo su ardor guerrero contra ellas.

 

Pero manda la extraña sabiduría cristiana que, si se desea construir un mundo mejor, no se odie, sino que se perdone. O, como diría también la conciencia del buen Gandhi, “no hay camino para la paz; la paz es el camino”. Es seguro que las monjas de Yemen perdonaron y hasta bendijeron a sus verdugos instantes antes de su martirio. Pues así lo mandan los cánones del Evangelio y de su Iglesia. Pues así lo establece su propia condición de humildes servidoras por la fe en Cristo Jesús.

 

Si este mundo que es camino, para el otro que es morada, se salvará o no solo a través de la fuerza del amor, si dicho empuje quedará o no invicto, después, quizá, de perder sus batallas silenciosas, es un misterio de momento indescifrable. Los creyentes en un afán trascendente no sabemos nada sobre el motivo último del dolor y del sufrimiento en el mundo. No sabemos por qué el Dios Creador nos hace débiles y nos condena a padecer. Sin duda, debe existir una respuesta, que escapa a nuestro conocimiento.

 

Quizá sea una prueba de fe –más que un recordatorio de que Dios necesita atención, como sugería C. S. Lewis--. Un estímulo para la fortaleza de espíritu, puesto que el que quiere vivir, está condenado a la esperanza, según confesión de cierto preso judío de Auschwitz. Y no hay mayor esperanza que la de vencer al tiempo y a la muerte, como hizo aquel hijo de María, en beneficio de todos.

 

Antonio Ángel Usábel - Madridpress.com

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1 Comentario
Fecha: Jueves, 1 de septiembre de 2016 a las 15:42
Pili
«No hay camino para la paz, la paz es el camino»
El reconocimiento de las buenas acciones es el camino de la transformación. Ya dijo A. Exupery "Lo esencial es invisible a los ojos..." La esencia de quienes dan su vida dos veces es la entrega a los demás y así ayudar a mejorar el mundo. Su semilla fructificará a pesar de inviernos, tormentas y delirios de destrucción.

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