Año 13 Número 4.559
Martes, 21 de octubre de 2014
Última actualización: Lunes, 20 de octubre de 2014 23:58

Sábado, 26 de octubre de 2013

De Nuremberg a Estrasburgo

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Genocidio: “Exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad”. Así lo define el diccionario de la RAE.

En Nuremberg se juzgó un genocidio, el de los nazis por crímenes contra la humanidad para aplicar justicia. 

No hay que acudir a ningún manual ni diccionario para obviar que un millar de personas murieron en España víctimas de otro crimen de lesa humanidad, otro genocidio, provocado por el terrorismo etarra que eliminó e hirió a varios miles de personas de manera continuada durante años. 

La justicia española juzgó e interpretó leyes para condenar tanto a terroristas como a violadores y, ahora, las ha re-interpretado el tribunal europeo de Estrasburgo, de tal manera que los condenados por esos crímenes empiezan a salir de la cárcel ante el pasmo de la mayor parte de la opinión pública española (ya que, evidentemente, hay opinión pública que sí está a favor de la sentencia de lo re-juzgado). 

Estrasburgo se ha erigido en máxima autoridad judicial sobreponiéndose a la decisión de otro tribunal igualmente supremo, el Supremo (de España, y el Constitucional). Y porque no hay otro al que recurrir, pero si se fueran escalonando tribunales, como humanos que son sus magistrados, las re-interpretaciones podrían seguir siendo diferentes y no en vano inconsecuentes con la opinión de unos y de otros.

Quince de los diecisiete magistrados –entre ellos un español- votaron en contra de la norma dictada por la justicia española. O sea, que dos estaban a favor de mantener la doctrina Parot. Si esos quince que tumbaron la citada ‘doctrina’ hubieran votado a favor de ella, el resultado habría sido igual de legal y los terroristas seguirían en prisión hasta cumplir sus penas íntegras. 

Es decir, han tomado una decisión legal, pero es evidente que no ha habido justicia porque en los últimos días se han escuchado en España opiniones casi unánimes en torno a la polémica sentencia dictada por este Tribunal de Estrasburgo (de Defensa de los Derechos Humanos). Las víctimas han puesto el grito en el cielo como era de suponer. La mayor parte de los partidos políticos han hecho lo propio, repitiendo lo de “acato pero no comparto”. 

Sucede que la banda terrorista ETA ya no está activa, en el sentido de que ya no mata. Aún no ha depuesto las armas. Si los terroristas siguieran atentado los jueces europeos sin duda habrían sopesado muy mucho tomar esa decisión que parece esconder tras las cortinas una evidente acción política. (La primera reacción de los máximos dirigentes de PP y PSOE fue de silencio, mutis de Rajoy y Rubalcaba, que tardaron horas en hablar).

Hecho el daño a las víctimas, Estrasburgo habría redimido algo la causa si hubiera añadido una coletilla a la sentencia como por ejemplo: “Saldrán de la cárcel previo arrepentimiento público y lectura de su disculpa ante las víctimas”. Se vería si merecen o no la excarcelación. Porque no es normal ver a los condenados y a sus abogados salir de prisión riéndose y entre banderas. No me imagino a los nazis salir en voladas de la cárcel entre abrazos, risas y símbolos de la tragedia como si haber matado a inocentes hubiera sido un delito menor.

De parte de las víctimas está perdonar, o no, pues cada uno es dueño de sus sentimientos. Juan Pablo II acudió a perdonar a su agresor, Ali Agca, en la cárcel. Pero, en el camino hacia el futuro, no parece, al menos por ahora, que las víctimas de ETA puedan emular al Pontífice cuando los terroristas no se dignan a arrepentirse, sino a ensalzar su historial (criminal) en pro de sus ideas –respaldadas con tiros y atentados contra los que no pensaban igual- tras llevarse por delante a un millar de personas, o sea tras el genocidio causado.

Justicia, arrepentimiento y perdón abrirían un camino nuevo en el País Vasco, pero no se puede descargar siempre todo el peso sobre las víctimas de este drama.
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