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Viernes, 7 de junio de 2013

¿Hay esperanza para la Educación?

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¿Hay esperanza para la Educación? Hasta que no haya CONSENSO entre las distintas fuerzas políticas, no. Ni los educadores, ni los alumnos, ni las familias, pueden asumir una nueva ley educativa cada cuatro años. No ha empezado a testarse una, cuando se echa por tierra, y se sustituye por un nuevo proyecto.

Los izquierdistas abogan por allanar el camino a los estudiantes, exigiendo siempre lo menos posible. Intentan combatir las carencias de muchos chicos contratando con generosidad personal, como si solo dependiera nuestra calidad educativa del número de profesores contratados. 

Los conservadores vuelven a reivindicar la cultura del esfuerzo, de la responsabilidad individual, de la consecución de logros, del aumento del nivel en las enseñanzas, de relativos itinerarios clasificadores. Pero no reducen los alumnos por grupo ni de momento dedican más docentes a su plan.

Nadie hace bajar la Educación Secundaria Obligatoria a los catorce años, como estaba antaño, cuando la Enseñanza tenía nivel y funcionaba. Bastaría con rehabilitar aquel plan de los años 70 y potenciar una buena oferta y diseño de la Formación Profesional de Grado Medio (y Superior). Esto significa inversión. Una apuesta decidida. La mayoría de los chicos que llegan a 1º de ESO habiendo repetido en Primaria, sin un hábito de estudios adquirido tempranamente, con deficiencias curriculares por mala formación o absentismo continuado, no resulta “recuperable”, y pide a gritos una primera oportunidad básica de inserción laboral. La administración se empeña en mantenerlos –como mínimo- hasta los quince o los dieciséis años, cuando a los trece o catorce saben positivamente que no quieren estar recluidos en el instituto, pasando seis horas al día mirando al techo o incordiando. Hay que dar una alternativa real a estos alumnos. Por el bien suyo y el de sus compañeros de aula que sí quieren estudiar y aprovechar el tiempo.

En un país bien ordenado tiene que haber tanto titulados universitarios, como graduados en distintos ámbitos de oficios manuales. Y a nadie se le tienen que caer los anillos por ello. Además, todo graduado en FP, puede luego ampliar estudios, si así lo desea. Del mismo modo, hoy se está dando el caso de titulados universitarios que completan su formación con una FP, porque esta está más demandada laboralmente.

Sin duda, existen motivos políticos estratégicos para mantener, a duras penas, en el redil a los díscolos hasta una edad tardía. De este modo, “entretenidos” o “contenidos” en un centro escolar-guardería, no engrosan las listas de desempleo. Al fin y al cabo, no hay, de por sí, trabajo para nuestros jóvenes (57,2 % de paro), que han de marchar de cabeza a las Aleutianas. 

A muchos padres solo les interesa que tengan a su chica o su chico a resguardo de la calle seis o siete horas al día. Que aprenda más o menos es algo secundario. ¿Cuántas firmas han recogido en estos años los padres para pedir una mejora auténtica de los niveles y de la calidad educativa? Se manifiestan los profesores, con el apoyo de los sindicatos (los cuales solo persiguen la sistemática mayor contratación). Pero las familias, ni mu: guardan silencio. Han permanecido impasibles ante los cambios legislativos de los unos y de los otros, mientras eso hacía que el edificio entero se resintiera y se desmoronara.

¿Quién ha pedido, en la calle, en las plazas y avenidas, ante la sede de Ministerio y Consejería, más y mejor lectura comprensiva en los cursos iniciales de Primaria, mayor ejercicio y desarrollo de la expresión verbal y escrita, del cálculo numérico, del razonamiento, de la memoria a largo plazo? Me temo que apenas nadie, o no muchos.

He leído hace pocos días una estadística que recoge el dato esperanzador de que los más pequeños parecen querer volver hacia la lectura y los libros. Vamos a ver si es verdad, y este cambio positivo se nota a medio / largo plazo.

El hecho de que sus padres, los mayores que leen en el nuevo formato digital en el Metro, el autobús, el cercanías, puedan acceder gratis a mil o mil quinientos títulos de clásicos, libres de derechos de autor, es también un gran avance en favor de la Cultura. El redescubrimiento de lo mejor de la Literatura universal, libremente descargado y leído en el lector digital, puede conducir a unas sociedades más sensibilizadas hacia valores formativos y morales firmes.

Pero hace falta que la sociedad presione y exija a nuestros políticos, primero transparencia, honradez y voluntad de servicio a los demás, y seguidamente un serio consenso sobre Educación. Ni enseñar más y mejor, y exigir, es conservador, ni igualar a la baja es más progresista. Si queremos cambiar este desorden y este diseño depauperado y mezquino, hay que mejorar la calidad educativa: en enseñanza y exigencia, en medios materiales y humanos, en alternativas a los estudios teóricos.

No se puede exigir a un alumno aquello que no se le ha enseñado, que no se ha trabajado con él. Por eso el alumno tiene derecho a recibir una buena educación. Y debe observarse una disponibilidad apropiada en él y en quienes lo rodean. En esto es fundamental la colaboración de las familias, que deben apoyar la idea de esfuerzo y dedicación al trabajo, por muy malas que pinten las cosas fuera (en la España de posguerra también hubo mucha crisis y hambre, y existían las reválidas y los tribunales examinadores). Como no se cansa de repetir José Antonio Marina, “para educar a un niño hace falta la tribu entera”. Si tus políticos son un desastre, no hagas tú como ellos. Sé más inteligente, y haz por construir por el bien de tus hijos y de todos.

Esperanza Aguirre, en un interesante artículo de fondo publicado en ABC el lunes, 13 de mayo de 2013, incidía en la necesidad de remar todos en la misma dirección, luchando por unos buenos niveles educativos. Y ponía como ejemplo la decisión inteligente de Tony Blair, laborista, de no cambiar en Reino Unido los logros educativos conseguidos por los conservadores. Los laboristas se habían dado cuenta, por fin, de por dónde había que ir, abjurando de sus credos de los años sesenta, justamente el modelo que sirvió de base a nefastas leyes como nuestra pasada y fracasada LOGSE. Los españoles tenemos el defecto de innovar poco, de no respaldar nuestras innovaciones (cuyas patentes acaban en el extranjero), y de copiar tarde y mal. Siempre solemos importar, como panacea y novedad absoluta, lo que en otras naciones ha empezado a fracasar. Eso fue lo que ocurrió con la LOGSE. Una mala copia de foráneas pesadillas.

©Antonio Ángel Usábel. (Profesor de Educación Secundaria, Comunidad de Madrid)

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1 Comentario
Fecha: Martes, 3 de noviembre de 2015 a las 22:19
Marialu
No cambia la Ley de E, cada 4 años, Se cambió cuando Felipe G sólamete porque la de Aznar no se puso nunca en marcha porque llegó Zapatero antes.- La única Ley buena fue la del franquismo, la Ley General de Educación que se aprobó en el tardofranquismo, pero llegó a estar vigente hasta 1980. Fue impulsada por el ministro de Educación José Luis Villar Palasí, y estableció la enseñanza obligatoria hasta los catorce años. Tras ocho años de Educación General Básica, se accedía al llamado Bachillerato Unificado Polivalente (BUP), o a FP.

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